La revolución que nunca fue: Gramsci, la "jugada de Delcy" y el espejismo del chavismo
Introducción: El espejismo de la jugada maestra
En los últimos días, las redes sociales se han llenado de análisis que celebran la supuesta "jugada de ajedrez" de Delcy Rodríguez frente al imperialismo estadounidense. Se nos dice que el secuestro de Nicolás Maduro no es una derrota, sino una oportunidad; que la presidencia encargada de su hermana no es una improvisación, sino una estrategia de realpolitik digna de Maquiavelo y Sun Tzu; que la apertura a fondos norteamericanos, la flexibilización bancaria y la negociación con Trump son, en realidad, victorias de una diplomacia bolivariana que sabe "jugar" con el enemigo.
Desde una perspectiva soberanista de izquierda, esta narrativa no solo es ingenua: es ideológicamente peligrosa. Porque lo que estamos presenciando no es una revolución que resiste, sino una revolución pasiva que se consolida. No es una estrategia antiimperialista, sino la adaptación de una burocracia de Estado al capital transnacional. No es soberanía, sino su simulacro.
Para entender esto con rigor, necesitamos recuperar una categoría que Antonio Gramsci desarrolló en sus Cuadernos de la cárcel y que ha sido sistemáticamente ignorada por los analistas oficialistas: la revolución pasiva.
I. Gramsci y la revolución pasiva: cuando la transformación viene de arriba
En el Cuaderno 10, Gramsci distingue entre dos tipos de transformación social. La primera es la revolución activa (o "war of movement"), donde las masas populares irrumpen en la historia como sujeto colectivo, destruyen el aparato estatal anterior y construyen uno nuevo desde abajo. La Revolución Francesa de 1789, con sus jornadas populares, sus comunas rurales y su soberanía nacional ejercida directamente, es el arquetipo.¹
La segunda es la revolución pasiva (o rivoluzione passiva). Aquí la transformación existe —cambian las leyes, las instituciones, los discursos—, pero no hay irrupción popular. La iniciativa histórica pertenece a una minoría: una élite burocrática, una corte, un partido de notables. El pueblo no es actor; es espectador, o peor aún, objeto de una modernización que se le impone desde arriba. El Risorgimento italiano es para Gramsci el caso paradigmático: Italia se unificó, pero sin revolución agraria, sin participación de las masas campesinas, sin democratización real del poder. El resultado fue un Estado que existía formalmente, pero cuya soberanía era ficticia porque no emanaba del pueblo.²
Gramsci señala que la revolución pasiva tiene tres características estructurales:
La ausencia de participación popular como sujeto histórico. Las masas son movilizadas retóricamente, pero no ejercen el poder.
La ausencia de participación popular como sujeto histórico. Las masas son movilizadas retóricamente, pero no ejercen el poder.
La flexibilidad ideológica de la élite gobernante. Esta élite adopta y descarta discursos según las necesidades de su supervivencia, sin coherencia programática.
La flexibilidad ideológica de la élite gobernante. Esta élite adopta y descarta discursos según las necesidades de su supervivencia, sin coherencia programática.
La mediación con el capital existente. En lugar de destruir las relaciones de producción anteriores, la revolución pasiva las reforma, las adapta, las negocia. El Estado no se convierte en instrumento de una nueva clase; se convierte en mediador entre el capital tradicional y las nuevas formas de acumulación.³
La mediación con el capital existente. En lugar de destruir las relaciones de producción anteriores, la revolución pasiva las reforma, las adapta, las negocia. El Estado no se convierte en instrumento de una nueva clase; se convierte en mediador entre el capital tradicional y las nuevas formas de acumulación.³
Aplicado al caso venezolano, el diagnóstico es demoledor.
II. El chavismo como revolución pasiva latinoamericana
El chavismo nació, en 1998, con elementos de una revolución activa. Hugo Chávez llegó al poder no por golpe de Estado ni por imposición burocrática, sino por voto masivo. Las masas pobres, excluidas del puntofijismo, se reconocieron en un proyecto que prometía refundar la República, distribuir la renta petrolera y devolver la soberanía al pueblo. La Constituyente de 1999, con su participación popular directa, tuvo rasgos de revolución activa.⁴
Pero algo se quebró en el camino. Y no fue solo el bloqueo imperial ni la guerra económica. Fue la concentración del poder en una burocracia de Estado que, para sobrevivir, fue transformando el proyecto original en su opuesto.
La revolución pasiva gramsciana no se identifica por lo que dice, sino por lo que hace. Veamos:
1. La participación popular como ornamento
La Constitución de 1999 consagró mecanismos de democracia directa: referendo, revocatorio, iniciativa popular, consejos comunales. Pero en la práctica, estos mecanismos fueron vacunados contra su propio espíritu. El revocatorio presidencial de 2004, aun ganado por Chávez, estableció un precedente: la consulta popular ya no era........
