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Eutanasiar

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01.09.2026

Prefiero hablar de eutanasiar antes que de eutanasia. Si aquellos gestos contribuyeron a humanizarnos, cabe preguntarse si, al empezar a eutanasiar, no estaremos recorriendo el camino inverso

Llevo algunos años siguiendo el debate francés sobre la ley de «ayuda a morir». Cada cual procrastina con lo que puede. Una tramitación parlamentaria larga y accidentada, precedida, además, por una Convención Ciudadana, informes bioéticos y varios años de conversación pública intelectualmente densa y rica en matices. Inevitable compararla con lo que aquí tuvimos o, más bien, con lo que no tuvimos.

Nuestra ley orgánica de regulación de la eutanasia cumplió cinco años el pasado mes de junio. Hubo debate parlamentario, posiciones enfrentadas en los medios y pronunciamientos de organizaciones profesionales y asociaciones de pacientes. Pero la conversación pública acabó asfixiada dentro de un marco muy estrecho: de un lado, quienes defendían un «nuevo derecho»; del otro, una oposición cuyo rostro público terminó siendo casi exclusivamente la Iglesia católica. Sin embargo, como diría Javier Gomá, en democracia necesitamos verdades penúltimas: razones compartibles entre quienes discrepan sobre el sentido último de la existencia. Ese fue y sigue siendo, a mi juicio, el gran déficit del debate español. Había y hay razones últimas para oponerse a la ley, pero también razones penúltimas que quedaron fuera de la conversación, haciendo que plantear siquiera reparos al acto de eutanasiar pareciera asunto de unos pocos y no una posibilidad abierta a cualquiera dispuesto a dejarse convencer por un buen argumento.

En el debate francés han destacado voces como la de Didier Sicard, médico y expresidente del Comité........

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