Trump y la superioridad lingüística de la izquierda
Trump y la superioridad lingüística de la izquierda
Hemos aprendido una barbaridad en los últimos años. «Así no», por ejemplo, se dice en catalán «Així no», casi lo mismo
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Desde que en vísperas del 'procés', y por darle carrete a la cometa del separatismo, las emisoras de televisión comenzaron a subtitular en español las declaraciones –descalificaciones las más de las veces– que en versión original y con muy mala leche realizaban los prohombres de ... la protorrepública catalana, el conjunto de la nación se matriculó sin comerlo ni beberlo en un cursillo intensivo de idiomas cooficiales que nada aportó a su desempeño público, las cosas como son, pero que al menos contribuyó a abrir de forma progresiva el compás de su monolingüismo, también identitario, a mucha honra, para explorar de oídas un mundo más o menos nuevo de lenguas extranjeras que desde entonces dejaron de pasar el filtro del doblaje, solo utilizado ya en las retransmisiones en vivo. Véase el subtitulado automático de la señal del Canal Parlamento –pobres sordos, o como se llamen ahora– para evaluar los riesgos del directo en estos procesos interpretativos.
Hemos aprendido una barbaridad en los últimos años. «Así no», por ejemplo, se dice en catalán «Així no», casi lo mismo. Y 'terrible' se escribe igual en español y en inglés, aunque se pronuncie 'téribol'. Si lo primero nos lo enseñó Puigdemont, lo segundo lo sabemos por Donald Trump, que en vez de 'fantástico' dice 'fantastic'. Lo repite mucho, como lo de 'téribol', términos frecuentes, casi fijos, en un discurso cuyo simplismo hace a menudo prescindible el subtitulado. Se le entiende muy bien a Donald Trump, el de «no voy a aprender vuestra maldita lengua, no tengo tiempo», que dijo a comienzos de mes a los invitados de su particular Festival de la OTI, ahora Shield of the Americas, vía satélite para todos los pueblos hermanos.
Que a Donald Trump y sin tener idiomas se le vea y oiga venir con tanta facilidad –frases cortas y reiteradas, términos sonoros y directos, eslóganes encadenados; al pan, pan, y al vino, vino– no responde a su pobreza lingüística, quizá también, da igual, sino a una estrategia comunicativa que parte de la idea de una opinión pública necia y cateta, incómoda con la retórica y el mareo de la perdiz que, eslóganes aparte, practica una izquierda pasada de rosca, mística y labia. Al grano, a granel. La del presidente de EE.UU. es una forma de populismo como otra cualquiera, pero que hace escuela y modela, tirando a la derecha, un discurso elemental y primario que se extiende por las terminales planetarias del trumpismo –OTI o Eurovisión, de aquí para allá–, globalismo de los antiglobalizadores, un lío de cojones.
Está bien documentada la convergencia de unos extremos que se tocan en casi todos los aspectos, pero no en el lingüístico. La ordinariez verbal de la derecha situada a la derecha de lo que antes era la derecha es una simple reacción –el pendulazo, aquí de boquilla y mala baba– al trabalenguas al que, sin llegar a los delirios semánticos de Errejón, 'enfant téribol', nos había sometido la izquierda situada a la izquierda de lo que antes se podía medio entender. La ininteligibilidad es un estadio superior del conocimiento. Abstenerse fachas.
