Pasión americana por el mundo clásico
Pasión americana por el mundo clásico
Son siete siglos de historia antigua que se beben como un shot de tequila
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De prestar atención sólo a las diatribas de los políticos de la región, parecería que la única obsesión de los latinoamericanos es el pasado índigena, los valores y saberes, la identidad que habría sido arrasada con la llegada de los españoles. Uno pensaría que la ... pérdida de ese mundo se vive cada día como una pérdida irreparable, la herida sin curación que atormenta a los americanos y que les da a sus políticos la ventajosa posición de la víctima: un lugar desde el cual exigir amor y reparación mientras despachan quejas y rencor.
Pero la verdad es bastante más compleja. Hay una larga tradición de americanos que dedicaron sus vidas al estudio del mundo clásico, y que vieron en Grecia y Roma las brasas de un proyecto civilizatorio que podía arder con total legitimidad en la América que fue indígena y luego española. Esa historia empieza con el mismo Bolívar, que intentó reemplazar el dominio de la Corona y el efecto regulador de la Iglesia con un poder moral inspirado en el Areópago ateniense y un senado vitalicio al estilo romano. El mundo clásico fue desde entonces una fuente de lecciones para el buen y mal gobierno, un reto y un destino, casi una obsesión de los recién llegados a Occidente que quisieron legitimar su puesto en el banquete de la modernidad republicana, haciendo suyas sus raíces clásicas: sus lenguas, su jurisprudencia, su imaginación moral.
En Colombia, Miguel Antonio Caro, elegido presidente en 1892, tradujo la Eneida y se distinguió por emplear el latín para perfilar sus debates en el Congreso. El mito cuenta que su gran rival, el caudillo liberal Uribe Uribe, tuvo que aprender aquella lengua para no caer aplastado bajo el efecto de su oratoria. México dio al menos dos grandes eruditos en estos temas, Alfonso Reyes, que quiso acercar el mundo prehispánico y el mundo clásico, y Rubén Bonifaz Nuño, que tradujo a Virgilio, a Cátulo y a Propercio, y dejó estos versos trágicos: «Hermosas muchachas que dan miedo / -pues uno no sabe bailar, y es triste-».
La lista podría seguir con los poetas modernistas y su encandilamiento grecolatino. Recordemos al Rubén Darío que, henchido de referencias clásicas, escribió «que las púberes canéforas te ofrenden el acanto», un verso del que Lorca, cuenta otro mito, sólo entendió la palabra «que». Esta tradición, que parecía haber desfallecido, hoy renace de la forma más vibrante imaginable con el colombiano Juan Esteban Constaín y su libro 'El hijo del hombre', un recorrido erudito y deslumbrante que rastrea el cruce de caminos entre el mundo griego, el romano y el judío, la tradición oracular y la tradición profética, que puso los cimientos del catolicismo. Son siete siglos de historia antigua que se beben como un shot de tequila, y una nueva carta de amor, la mejor, de un americano al mundo clásico.
