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Las frases de 'Verano Azul' que hemos olvidado y son fundamentales para crecer mejor

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16.08.2026

Ver un capítulo de Verano Azul ha sido mi última ilusión del día durante 19 noches de estas vacaciones. Quería redescubrir la serie más allá de los recordados gritos de “¡Bea ya es mujer!” o “¡Chanquete ha muerto!". Quería contemplar con los ojos de hoy un ayer que es decisivo en nuestras vidas. Y las expectativas no han sido defraudadas. Incluso me he percatado, con una lágrima feliz en el ojo, qué esencial ha sido esta ficción para vertebrar un país más moderno, más sabio y más despierto en plena edad del pavo de la transición democrática. Porque la historia de Verano Azul, rodada entre 1979 y 1980 y escrita por Antonio Mercero, Horacio Valcárcel y José Ángel Rodero, nos enfrentó de cara a cómo éramos: con todos los motes, con todos los machismos, con todos los racismos, con todos los clasismos, con todos los corsés que iban quedando en evidencia gracias a los ideales de una sociedad que empezaba a comprender que no solo los hijos aprenden de los padres, también los padres aprenden de los hijos.   

El divorcio, la salud mental, el sexismo, el alcoholismo, la hombría fatal entendida, el ecologismo, la maternidad soltera, la necesidad de creer, la especulación inmobiliaria, el racismo, el primer amor, la soledad, las fake news, el no poder ser quien auténticamente eres por el qué dirán, la reivindicación de los derechos laborales... Incluso el desdén de los papás que no quieren que sus hijos ayuden a un amigo, Pancho, solo porque no es de su estatus social. 

Todo contado con la capacidad del director, Antonio Mercero, para crear en cada episodio momentos memorables. Estampas únicas que representan la congregación que es la vida. Porque cada entrega terminaba en alto con una imagen que no requería palabras. La expresividad de los primeros planos movilizaba nuestros sentidos. Nos metía dentro de la belleza de la historia hasta cuando era trágica.

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La autenticidad de la interpretación de Antonio Ferrandis, Chanquete, y María Garralón, Julia, se complementaba con los más pequeños, Tito y Piraña, con una inocencia que narrativamente era perfecta para enriquecer los diálogos con el conocimiento de la cultura........

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