Lugares para todos
Hace poco una familia encontró en la biblioteca pública Martin Luther King, en Washington, el único lugar donde podían quedarse sin ser expulsados. Es triste en un país que se precia de ser garante de libertades. Pero también es hermoso comprobar que la biblioteca —ese lugar silencioso y obstinado— sigue siendo neutral y disponible para todos.
Mientras tanto, los bombardeos a Irán, en medio de acuerdos internacionales que hoy parecen de utilería, han dañado la estructura del Palacio Golestán, joya de la cultura persa. No es un caso aislado: ataques así se repiten contra lo que, con un término espantoso, llaman “infraestructura cultural” y ha pasado decenas de veces incluso en nuestro país. Pero detrás de esa palabra hay algo más frágil: la memoria.
Pienso entonces en nuestras bibliotecas. Importa el edificio, claro, pero importa más lo que ocurre dentro. Allí muchos hemos encontrado algo parecido a un refugio: un lugar para pensar, para aprender, para abrir la mente… incluso para enamorar. En muchas regiones del país y de nuestra área metropolitana siguen siendo el único acceso a los libros y a la información, y, sin embargo, hay que decirlo una y otra vez: siguen siendo insuficientes.
Recuerdo la emoción cuando mi sobrina Kary me contó que la biblioteca de su universidad abría 24 horas en época de parciales: era casi una fantasía cinematográfica. O a Bernardo Beltrán, que convirtió un punto de lectura en la Quebradaseca en un lugar donde incluso los habitantes de calle se detenían a leer los carteles que colgaba. O en una bibliotecaria en Pamplona que entrenaba a internos de una cárcel para que leyeran en voz alta a sus hijos durante las visitas.
¿Pueden las bibliotecas cambiar una realidad social? Claro que sí. Lo mismo los museos y los teatros. Pero no mientras los miremos de soslayo. Harán su trabajo cuando los promotores culturales se parezcan más a sus comunidades que a la burocracia que los rodea.
Propongo una meta sencilla: exigir que para próximo periodo de elección popular se abra al menos una nueva biblioteca en el área metropolitana. ¿Y qué tal una por año? Como para aquella familia en Washington, las bibliotecas pueden ser el único lugar seguro en sectores donde la impunidad y la violencia campean rampantes en nuestra área metropolitana, y esos refugios no hay que inventarlos: podemos construirlos aquí.
