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La revolución técnica de la IA es cierta. La amenaza apocalíptica se plantea mal. Un sistema de inteligencia artificial, y, en particular, un modelo de lenguaje, ejecuta una sintaxis: transforma una representación simbólica en otra según ciertas reglas preprogramadas. Ni define el problema ni explica la salida. La semántica está entre estos dos extremos que el algoritmo no absorbe: la conversión de una descripción en una representación manipulable, y la conversión de la solución en una descripción interpretable por alguien que si cuenta con representaciones de cosas, casos y consecuencias.
De ahí, la antinomia nominalista que alimenta una propaganda apocalíptica sobre la que se concitan los mantras de la amputación socialista del progreso humano. Sin embargo, las palabras no son nada sin las cosas, y las cosas las ponen actores humanos, un dispositivo que produce palabras no ocupa el lugar de quien enuncia el problema y de quien relaciona la solución con un estado del mundo. Nada de lo que hoy se llama inteligencia artificial debería temerse como sustituto del juicio, salvo que los actores pierdan la competencia de enunciar problemas e interpretar soluciones. El blanco son las profesiones en las que la renta se obtiene ordenando lenguaje: abogacía, notarías en su parte discursiva, fiscalía, judicatura, consultoría, la docencia o el periodismo. Pero no solo. El argumento implícito es que, si la máquina escribe tan bien como el profesional, el profesional sobra. No hay de que preocuparse si imponiendo ciertas reglas y cierto grado de corporativismo puede anularse el desarrollo humano que la IA representa. Si deben temer de una reforma de las reglas de acceso, de postulación y de forma procesal de tal manera que se traslade a la máquina la posición que ocupa, revelando su inutilidad práctica. La herramienta acabará con toda suerte de inútiles intermediarios profesionales, técnica y científicamente analfabetos, refugiados en colegios profesionales dispuestos a mantener artificialmente una posición contra el desarrollo social.
El profesional no sobra, si el oficio se recompone alrededor de lo que la máquina deja abierto. El escrito es el soporte de una intervención. La renta del abogado fiscalista, civilista o penalista no sale de haber tecleado párrafos correctos, sino de haber decidido qué hecho se convierte en hecho relevante, qué norma se invoca, qué riesgo se calla, qué prueba se pide y ante qué órgano se está. La tecnología sustituye tareas, no oficios.
Esta idea puede decirse con el vocabulario mínimo de un sistema formal. Un sistema formal es un alfabeto, unas reglas de formación de expresiones bien hechas, un conjunto de axiomas y unas reglas de transformación. Una derivación es una sucesión finita de expresiones en la que cada paso es un axioma o se obtiene de pasos anteriores por una regla. Hilbert pudo tratar la matemática, por eso, como un juego de signos reglado. La matemática sufre para cualquiera que hace simplemente cálculos sobre problemas que ni ha definido ni comprende. La mayor parte de los maestros al uso. La modelización matemática está ausente de las aulas. Pocos matemáticos son capaces de resolver un sistema de ecuaciones sin usar un dispositivo.
Resolver una ecuación, una vez escrita, es un proceso de ese tipo. Dada E(x) = 0, las transformaciones que aíslan x no consultan qué significaba x antes de ser escrita. Carnap lo formuló claramente: las reglas de formación y de transformación no necesitan las cosas que se designan; la formulación inicial y la interpretación posterior no forma parte de la sintaxis. El error de la propaganda está en tratar como si fuera el cálculo lo que en realidad son los dos universos que lo rodean. Llámese I a la codificación y δ a la decodificación. Un problema bien definido P, en un dominio D de cosas u objetos y consecuencias, no es todavía una ecuación. Alguien tiene que construir φ = I(P), donde φ es una fórmula, una instrucción, un vector, un expediente formalizado y ordenado. Solo entonces una función computable f produce ψ = f(φ) y solo entonces alguien traslada esa expresión al dominio de donde nació: S = δ(ψ). Lo que el actor humano hace es la composición δ o f o I. Automatizar f, por potente que sea f, no elimina I ni δ. A menos que los robots construyan representaciones........
