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El sopapo de Munilla a Trump

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El pasado lunes, tras escuchar el tremendo sopapo que le endosó a Donald Trump, estuve a punto de sufrir una conversión y hacerme seguidora de José Ignacio Munilla Aguirre, actual obispo de Orihuela-Alicante. El presidente estadounidense no había tenido otra idea que atacar al papa León XIV por su valiente alegato contra los conflictos bélicos. Ante tal extravagancia de Trump, una más, el prelado español salió, en tromba, a defender al sumo pontífice. No dudó en llamar «fiera» al mandatario americano, a quien acusó de sufrir «delirios de idolatría y omnipotencia». Tal cual. Para Munilla, la homilía papal había conseguido «tocar el trigémino» al inquilino de la Casa Blanca, que se había revuelto «como la niña de El exorcista con el agua bendita». Imposible no esbozar una sonrisa con frases tan gruesas procedentes de un representante de la alta curia española. No hay que olvidar, claro, que Munilla es uno de sus más activos influencers. Un religioso que se mueve como pez en el agua tanto en youtube como en la red X.

Apenas tres días después, sin embargo, recuperó su vis más dura en las celebraciones de la Santa Faz. El donostiarra, que encabeza la diócesis alicantina desde 2021, es bien conocido por hacer bandera de las posturas más extremas de la Iglesia en asuntos como el aborto - que en su día calificó como de «holocausto silencioso»-, el feminismo o las terapias de conversión sexual. Allí, junto al Monasterio de Alicante, con miles de vecinos, devotos de la Peregrina, algún turista despistado y medio PP valenciano, con el presidente Pérez Llorca a la cabeza, en primera fila, volvió a ejercer de Munilla. Regresó por sus fueros y vino a equiparar, de nuevo, la interrupción voluntaria del embarazo con la guerra contra inocentes. ‘Torna-li la trompa al xic’, pensé con hartura. Yo le rogaría a monseñor que él y algunos de sus homólogos dejen de predicar desde sus elevados púlpitos sobre cuestiones que les son tan ajenas como la libertad sexual y reproductiva de las mujeres. Bastante hemos tenido que batallar, y seguimos en ello, para conseguir unos derechos que deberían ser incuestionables, y para dejar atrás tutelajes más propios de siglos pasados que de una sociedad preparada para colonizar la luna. Menos mal que el deán de la concatedral de San Nicolás había indicado al inicio de la misa que llevar cubrecabezas estaba permitido, dado el implacable sol mediterráneo que ya no da tregua en abril. Más de uno debió disimular, bajo el ala del sombrero, el cansancio ante sermones tan fuera de lugar en un escenario que invitaba a la celebración festiva. Luego se extrañan ante la imparable migración de feligreses. Con lo bien que había empezado la semana.

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