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La literatura y el mal

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Roberto Bolaño fue, en la más antigua y legendaria acepción del término, un poeta. No todos los grandes novelistas devienen poetas en ese sentido, transformándose, como a Bolaño le ocurrió, en ese hombre que reúne a la tribu dispersa y, al convocarla, le manifiesta una nueva relación de los hechos, un relato entero que modifica el origen y el sentido, si lo hay, de esa aventura humana a la que se confía una comunidad de escuchas, de lectores. En una década, que habría de ser la última de su vida, Bolaño creó toda una literatura, donde sus modestos versos, sus cuentos conjeturales y sus a menudo perfectas novelas cortas, sólo son los hospitalarios refugios dispuestos en la ruta de ascensión hacia esa doble cima donde están Los detectives salvajes (1998) y 2666, libro póstumo dispuesto de cinco novelas en un solo tomo. Una vez en las cumbres, como el profesor Lidenbrock y sus socios ante el cráter del volcán Sneffels de Islandia, el lector deberá descender hacia el centro de la tierra.
     No es un dato menor que Bolaño haya muerto a los cincuenta años de edad en 2003: estamos ante una obra cerrada. Joseph Brodsky —otro gran escritor precozmente fallecido y que, al contrario que Bolaño, desconfiaba de la capacidad de la prosa para contener la poesía— dejó unas líneas que no puedo sino citar: “Por alguna razón, la expresión la muerte de un poeta suena siempre de manera más concreta que vida de poeta, quizá porque vida y poeta, como palabras, son casi sinónimas en su positiva vaguedad, en tanto que muerte —incluso como palabra— es aproximadamente tan definida como la propia producción de un poeta, es decir, un poema, cuyo rasgo principal es su último verso. Sea lo que fuere una obra de arte, propende a su final, que contribuye a su forma y niega la resurrección. Después del último verso de un poema no hay nada, salvo la crítica literaria. Así pues, cuando leemos a un poeta participamos de su muerte o de la muerte de sus obras.”
     En ese punto podemos introducirnos al primer círculo descendente de 2006, La parte de los críticos: cuatro profesores emprenden la búsqueda de Beno von Archimboldi, novelista alemán cuyo prestigio internacional se ve acrecentado por una desaparición de varias décadas, ausencia física que priva su obra del respaldo mediático, político o moral que su figura pública debería otorgarle. La parte de los críticos es una burla elegante, mediante una narración sin pausa, de la rutina comercial y académica de la República Mundial de las Letras, de sus ritos y coloquios, de sus extenuantes traslados aéreos, del mercado editorial y de quienes viven para alimentarlo o derruirlo. Esa cacería llevará al cuarteto de críticos —a su vez entreverados erótica y profesionalmente entre sí— a Santa Teresa, trasunto de Ciudad Juárez,........

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