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Gabriel García Márquez

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21.12.2025

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Antes de Macondo fue Comala. Antes, Bolombolo, “país exótico y no nada utópico,/ en absoluto! ¡Enjalbegado de trópicos/ hasta donde no más!”, que cantara el colombiano León de Greiff. Y antes, dentro de la obra narrativa de Gabriel García Márquez (Aracataca, 1927), los cuentos recogidos en Ojos de perro azul.

La lectura de esas piezas publicadas tardíamente revela torpeza veinteañera e incapacidad para lo fantástico. “De nada le valió arrastrarse con las vísceras rotas para ahuyentar los cuervos de la lujuria. Trató de apostarse tras el baluarte de su infancia. Trató de levantar entre su pasado y su presente una trinchera de lirios”, escribió el joven García Márquez. Y en otro cuento: “Pero el esteta que lo habitaba, tras una lucha aproximadamente igual a la raíz cuadrada de la velocidad que hubiera podido averiguar, venció al matemático, y el pensamiento del artista se fue hacia los movimientos de la hoja que verdeazulblanqueaba con los diferentes golpes de luz.”

Luego mejorará, por supuesto. Perfeccionará con los años unas pretensiones no muy distintas.

En medio de esos cuentos primerizos aparece Macondo. Zancudos, astromelias, alcaravanes, gallinazos, campanadas de iglesias, almendros de hojas podridas: García Márquez ha confesado que aprendió de Graham Greene una álgebra para codificar el trópico. Mediante unos pocos elementos, dispersos pero unidos por cierta coherencia, podía reducirse “todo el enigma del trópico a la fragancia de una guayaba podrida”. Idénticos detalles botánicos y bestiarios rotarán de novela en novela. Caerá siempre la lluvia. (Cualquier adaptación cinematográfica del mundo garciamarquiano tendrá que reservar un buen renglón del presupuesto para lluvia artificial.)

Según confesión del novelista colombiano, Franz Kafka le había regalado el desparpajo suficiente para que alguien despertara convertido en insecto sin más. Kafka le enseñó, luego de unos intentos fallidos, a evitar el embrollo de las explicaciones.

En una frase de La señora Dalloway dio con la anticipación de ruinas que luego prodigaría en tantas páginas. Virginia Woolf tenía escrito: “Pero no había duda de que dentro se sentaba algo grande: grandeza que pasaba, escondida, al alcance de las manos vulgares que por primera y última vez se encontraban tan cerca de la majestad de Inglaterra, el perdurable símbolo del Estado que los acuciosos arqueólogos habían de........

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