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Chuck Norris, líbranos del Apocalipsis, amén

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22.03.2026

Hemos publicado una noticia falsa a sabiendas de que los lectores se darían cuenta del gazapo. Chuck Norris no ha muerto: difícilmente fallece algo que permanece vivo y joven y, de morirse, estaríamos ante la mayor estafa desde que supimos que los Reyes son los padres, y es mejor no ponerse ante esa infame tesitura. La inmortalidad de Norris se da por supuesta. «La muerte ha tenido una experiencia cercana a Chuck Norris» o «Chuck Norris construyó el hospital en el que nació», reza algunos de los «hits» que circulan sobre él. La retirada momentánea a otra dimensión de esos tipos duros en los que se reflejaron tantos adolescentes en el espejo colocando las manos a lo kung fu con el nunchaku de Bruce Lee, responde no a una muerte real, sino a un cambio en el paradigma del heroísmo planetario. Nadie está dispuesto a partirse el lomo con una patada voladora por este mundo tendente a lo raro. Norris podría parar la guerra de Irán, pero no quiso. Donald Trump no es Ronald Reagan, y ¿con qué peluquín vuelve un héroe de la guerra para presentar los respetos a un villano?

No hace falta que nos gusten sus películas de la misma manera que se puede ser creyente sin ir a misa. De hecho, la mayoría de sus actuales fans no han visto ninguna, si acaso un tráiler en YouTube. Pero ¿quién no conoce uno de sus chistes o uno de sus memes? Norris tenía su propio Padrenuestro, compatible con cualquier otro. Se había convertido en una obra de arte sin pisar un museo contemporáneo, esa antigualla. Pocos personajes a priori tan básicos se llenaron de tanto significado y de tanta modernidad, un espíritu que anidaba en nuestra zona vampírica, ansiosos por succionar toda su energía, cada golpe, cada ocurrencia, cada aparición en Los Simpson. Eso es alta cultura y no la última de Almodóvar. Harían falta muchos Roland Barthes para explicar un fenómeno que cegó tanto a Tarantino como a cualquier academia de artes marciales de barrio.

El mundo, decíamos, ya no es el mismo. Las reglas se dispersan, los buenos y los malos se confunden, y los friquis se entremezclan con los triunfadores. La realidad es una «spoof movie», algo así como «Scream», pero a la hora del telediario. A pesar de todo, esperaremos a que Chuck vuelva mientras agotamos la libreta de anécdotas, la mayoría inventadas, que le dieron fama. Dos minutos antes de que llegue nuestro fin, aparecerá y, con una patada que haría volar a una vaca, restablecerá el orden y la risa.


© La Razón