La alegría de que los otros sean hermosos
La alegría de que los otros sean hermosos / L.O.
Hay algo que casi nadie se atreve a decir por miedo a ser malinterpretado: la gente joven de hoy está guapísima. Hay que reconocer eso con alegría natural, sin turbiedad ninguna. Sin deseo de apropiación, como diría un purista. Sin la melancolía de quien compara cuerpos recientes con el cuerpo que fue perdiendo él mismo.
La gente joven llena las calles, las heladerías, las plazas, los conciertos y lo ponen todo de película en Technicolor, todo lo que habitan lo impregnan de gracia y de belleza, como recién inaugurado, de estrena, nuevo, hermoso, liviano, pero divertido. Muchachas con pantalones anchos y el pelo recogido de cualquier manera y muchachos con camisetas que parecen recién sacadas de un vídeoclip de Demis Roussos. Rostros limpios y tersos, peinados imposibles, zapatillas blancas con el piso muy alto, pequeños piercing y tatuajes, uñas pintadas de todos los colores, y, cuando llega el buen tiempo, «hombros desnudos parecidos al mar». Y lo mejor es esa despreocupación cuidadosa con la que se desenvuelven y se mueven en verano, sobre todo en verano, esa gracia suya que da gusto mirar. No examinar, mirar sin invadir, mirar sin fantasía de ninguna clase, mirar como se mira un árbol lleno de flores nuevas o una calle recién lavada por la lluvia o el rostro y la expresión de una persona que se ríe al otro lado del escaparate o de una pantalla cinematográfica. Mirar porque la belleza, cuando aparece, reclama unos segundos de atención. Nada más que por eso. Una........
