El Jardín
El jardinero José Moreno ‘Manú’ hace retoques a una planta. / Archivo TLM
Hoy estrenamos mes. Muchos aseguran que marzo, mes festivo para falleros y Pepes del mundo, es un mes sin personalidad climatológica. Se equivocan, porque marzo, el anodino, tiene como misión regular el final del invierno y la venida de la primavera.
En la Edad Media, la cristiandad festejaba el tránsito de año a año el veinticinco de marzo, cuando florecían los campos y la tierra se desposaba, tras la soledad del invierno, con el equinoccio primaveral. Brotaban a un mismo tiempo el año, las flores y los nidos. Es el tiempo en que los poetas afilan sus lápices para cantar a la estación vernal y los jardineros se afanan en limpiar y abonar parterres para la explosión de color y vida que, en unos días, hará acto de presencia de forma puntual en campos y jardines.
El cambio de estación es también tiempo de despedidas, ya que la primavera que llega suele llevarse por delante a más personal que el propio otoño, al que siempre se ha tildado de estación lúgubre, propia de grises y sombras tan enraizadas en los espíritus románticos.
El jardinero Roberto Nicolás durante una jornada laboral. / Archivo TLM
Sí, los jardines ya se preparan con abonos y riegos, mientras, de forma discreta, las hojas de las plantas comienzan a reverdecer y las yemas en los árboles son preludio de la vida que resurge tras un largo invierno de borrascas con nombres cursis y aguaceros con trazos de tempestad.
El piar de los pájaros en los nidos al amanecer todavía se puede escuchar, a pesar del sonido desagradable de los tubos de escape que circulan en la lontananza. Los almendros en flor y los pájaros son los verdaderos heraldos de una primavera a tiro de piedra en el almanaque.
En otros días, los funcionarios municipales mangueaban calles y jardines; aquellos jardines de una Murcia que se fue y que fueron escenario de las primeras correrías de unas generaciones que, por ley de vida, nos estamos yendo.
Fue el viejo jardín de Santa Isabel, el que presidía el monumento a "La Fama" con sus pérgolas cuajadas de madreselvas y rosales trepadores, con sus románticos bancos de piedra en los que algunos "pelaron la pava" bajo la mirada inquisitiva del guarda jardines vestido de pana y sombrero con camuflada escarapela bicolor. Correrías de zagales jugando al "pillao" y chiquillas saltando a la comba. No hay jardín sin monumento que lo presida. Así, el conde de Floridablanca preside el jardín que lleva su nombre, lugar de ocio de los infantes carmelitanos a la sombra de los ficus. El cardenal Belluga, tallado por Juan González Moreno, sienta sus reales en la Glorieta de España, lugar inolvidable de fotografías de la infancia, en el que las "Tatas" daban la merienda a las criaturas mientras coqueteaban con reclutas del regimiento de Artillería.
El Parque de Ruiz Hidalgo mostraba una rica variedad de especies arbóreas. Algo distante en el tiempo, los jardines de la extinta FICA, con sus rosaledas y frutales embelesaban a los compradores nórdicos, que incluso preguntaban si las naranjas y limones estaban colocados de forma artificial, algo que llenaba de orgullo al maestro de jardineros José Moreno "Manú".
Fueron aquellos huertos del paseo del Malecón, como el "Huerto de los Cipreses" donde la huerta era el jardín que abrazaba a la ciudad. Fue cuando los zagales de los Maristas adquirían a pie de bancal, lechugas convertidas en golosina, a la salida de clase matinal.
Jardines del Verdolay, donde Roberto Nicolás, jardinero de hoy, crea y conserva el espíritu de los viejos jardines de aquel paraje, emulando aquellos huertos ajardinados de villas donde nacían las margaritas, violetas, varitas de San José, olorosos jacintos, jazmines, celindos y rosales. Tristemente denostados han sido los balsámicos eucaliptos y turbintos, que calmaron las toses de los tísicos que aspiraban sus efluvios para aliviar los males de pecho a principios del pasado siglo. Todo un romántico de la jardinería que lucha por mantener vivos paisajes y rincones, ante el acoso estéril del césped artificial y setos de plástico. Ya se descorren los toldos ante el sol que aprieta y un soplo de brisa hace temblar las hojas de acanto y las ramas del laurel.
Suscríbete para seguir leyendo
