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El blanco del azahar

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05.04.2026

Bando de la Huerta de los años sesenta. / Archivo TLM

Cuando ya se tienen más recuerdos que ilusiones (aún veo a aquel mozalbete que me cedió el paso a las puertas de un ascensor, signo de esmerada educación, que me hizo sentir anciano en plena treintena), y ahora, cuando queda lejano aquel recuerdo, acrecentado por el paso de los años, se goza mucho más del acumulado tesoro de la primavera. Una estación en la que los poetas afilan sus lápices para cantar a mozas y flores. Unas y otras lucen radiantes al sol de una Murcia renovada.

Ningún día mejor que el Domingo de Resurrección, cuando Murcia se viste de blanco nazareno y del prístino azahar para proclamar a los cuatro vientos sus más excelsas virtudes festivas en el calendario.

Majorettes de Montpellier / Archivo TLM

En otros tiempos, nos metieron el miedo en el cuerpo. Todavía, al recordar aquellos sermones lapidarios y preconciliares, los dientes rechinan y los huesos tiemblan como castañuelas. Es tiempo de Resurrección y de vida; en este domingo conmemorativo de la Resurrección de Jesús, miraremos su luz, la claridad que ofrece la fe, alejando de un manotazo las telarañas de un tiempo oscuro, medieval y represor. Jesús, el Hijo de Dios, con su Pasión y Muerte nos abrió el camino de la esperanza, aquí y en el más allá. Cristo ha triunfado sobre el mal y la muerte.

Conforme pasan los años y uno va despidiendo a amigos, familiares, vecinos e incluso enemigos (sin enemigos la vida resultaría aburridísima, ya lo dijo Romanones: "Los enemigos son los únicos que nunca te abandonan"), se acentúan las reflexiones acerca del devenir y el alma trata de evadirse.

Batalla de Flores en los años sesenta / Archivo TLM

La precaria huerta se adorna de azahares y aromas de fresas, y la ciudad se dispone a celebrar sus Fiestas de Primavera. La memoria se abre al recuerdo de días ya lejanos. Un Bando de la Huerta masificado en el que conviene recordar a aquellos que rompieron con la oficialidad sumándose al final del desfile huertano que imponía la autoridad competente: José María García Perea, César PortilloCarmelo López BrionesPedro Martini y Rafael Fernández-Delgado, entre otros, fueron los que rompieron la norma encorsetada de los bandos de entonces, alquilando una burra —cuadrúpedo agradecido— a la que llevaron de copas al término de la cabalgata. La misma en la que se arrojaban obsequios de barro y madera, que causaron más de un chichón a algún desafortunado espectador.

La fórmula improvisada funcionó y el pariente pobre de los festejos de aquellos años setenta, año tras año, fue incrementando el número de jóvenes participantes en la fiesta huertana, hasta movilizar a toda una ciudad.

Qué decir de la desaparecida y siempre recordada Batalla de Flores, lucha incruenta, una batalla donde la belleza y juventud de las jóvenes murcianas quedaban envueltas por el arte de los grandes carroceros de la tierra, magos del cartón: cuando Antonio González Conte, Nicolás o Mirete competían con su arte, dando ambiente festivo a aquellas soleadas tardes primaverales entre flores lanzadas al viento en los circuitos, donde madres y abuelas veían cómo la vida pasa rápida y aquellas niñas que fueron se habían convertido en guapas mozas casaderas.

Cómo olvidar aquellos primeros desfiles de las majorettes de Montpellier, que causaron furor entre los espectadores luciendo marciales en su desfile la muslada minifaldera, anticipándose en el tiempo a las señoritas brasileñas del Entierro de la Sardina que tanta polémica suscitaron en su día, tras el desdichado bocado de un reprimido espectador en el glúteo de una integrante de la comparsa carioca. Las modas y las costumbres evolucionan y los recuerdos perviven. El Baile de las Flores fue el colofón de la cabalgata floral. Lugar de encuentro de las bellas señoritas de la burguesía murciana con los jóvenes mancebos del momento, vestidos de esmoquin. Noviazgos, promesas de amor eterno y comienzos de idilios se forjaron en aquellos bailes celebrados en el Teatro Romea o en los salones del vetusto Casino, aquel que se mostraba poblado de escupideras y olorosos urinarios. Bailes al son de los boleros de Antonio Machín interpretados por la Orquesta Azul, hasta las últimas melodías de rabiosa actualidad en los años sesenta interpretadas por Adamo, Christophe o el entrañable Sorbito de champagne que entonaron Los Brincos.

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¡Rataplán, plan, rataplán!

Todo pasa y nada queda, excepto la puntualidad de la primavera y el blanco impoluto del azahar.

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