Ser fiel a nuestras reglas: el cuerpo de la mujer, su biología y la presión de no incomodar
La mujer, desdibujada / Maria Pashkova/Pexels
El otro día entré en un baño público que estaba, sin exagerar, asqueroso. No sucio. Asquerosísimo. Había papeles por el suelo, restos de caca, el asiento mojado, ese olor que te hace querer salir cuanto antes. Y, sí, también había sangre.
Mientras estaba allí, escuché a dos chicas comentarlo. Una de ellas hablaba de la vergüenza, de cómo una mujer iba a dejar aquello así, de que hay cosas que, siendo mujer, no se hacen, que si estás con la regla pues ten más cuidado.
Y me llamó la atención algo muy concreto. Porque el baño estaba lleno de cosas que, objetivamente, daban asco. Caca, pis, suciedad por todas partes. Pero lo que realmente incomodaba no era eso. Era la sangre.
Me quedé pensando en ello después. En por qué algunas cosas parecen formar parte del paisaje… y otras no.
Porque el baño estaba sucio en muchos sentidos. No había mucho que discutir ahí. Y, sin embargo, no todo generaba la misma reacción. Había algo en esa sangre que no encajaba. Que sobresalía. Que parecía fuera de lugar, aunque estuviera en el mismo suelo que todo lo demás. Y quizá no tenía tanto que ver con la limpieza. Quizá tenía que ver con otra cosa.
Porque, de pronto, me vino a la cabeza esa imagen tan común en los baños públicos: los contenedores específicos para compresas y tampones. Esos recipientes cerrados, pensados para no tocar, para no ver, para que todo quede dentro. Para aislarlo. Para que no se note.
Y, sin embargo, en ese mismo espacio, los papeles sucios no pueden estar a la vista sin generar la misma reacción. No es que resulten agradables, no lo son, Pero parecen formar parte del paisaje. La sangre, no. La sangre parece otra cosa. Como si no fuera solo suciedad, sino algo que hay que retirar, ocultar, desinfectar. Y quizá ahí hay algo más que una cuestión de higiene.
Hay cosas que aprendemos a ocultar muy pronto. Cosas que no se dicen demasiado alto, que se gestionan en silencio, casi en privado. El cuerpo de la mujer es una de ellas. O, mejor dicho, ciertas partes del cuerpo de la mujer. Las que no resultan cómodas. Las que no encajan bien en lo que se espera ver.
La sangre de la regla es una de esas cosas. No es solo sangre. Es algo que el cuerpo de la mujer hace de forma natural y que, sin embargo, se aprende a disimular, a esconder, a no nombrar demasiado. Y ese aprendizaje no se queda ahí. Se extiende al dolor del cuerpo de la mujer cuando duele, al cansancio cuando se acumula, al embarazo cuando cambia, al parto, al postparto, a todo aquello que no resulta fácil, limpio o discreto. Se extiende también a esa idea tan repetida de que la mujer puede con todo. Que la mujer es fuerte, capaz, incansable. Y sí, muchas veces puede. La cuestión es a qué precio.
La sangre de la mujer en la regla es algo que se aprende a disimular, a esconder, a no nombrar demasiado.
La sangre de la mujer en la regla es algo que se aprende a disimular, a esconder, a no nombrar demasiado.
Porque cuando una mujer no puede, cuando se desborda, cuando siente que no llega, el problema no parece estar en la exigencia, sino en ella. Como si el cuerpo de la mujer, con todo lo que implica, fuera algo que debería poder gestionarse sin demasiado ruido. Hay una idea muy instalada de lo que significa que una mujer “lo lleve bien”: no quejarse demasiado, no incomodar, no dramatizar. Pero, cuando se mira con un poco de distancia, muchas veces “llevarlo bien” no es más que aguantar.
Aguantar el cuerpo, el cansancio, el dolor, la presión. Y hacerlo, además, sin que se note demasiado que es el cuerpo de una mujer real el que está sosteniendo todo eso.
Quizá por eso aquella escena en el baño se me quedó dando vueltas. Porque en medio de un espacio objetivamente sucio, lo que rompía el orden no era la suciedad en sí, sino algo mucho más concreto: el rastro de un cuerpo de mujer comportándose como un cuerpo real. Y eso incomoda.
Porque el cuerpo de la mujer, cuando es real —cuando sangra, cuando duele, cuando no se puede controlar del todo— deja de encajar en la imagen de mujer que se espera ver. Esa mujer que debe parecer limpia, contenida, discreta, incluso en lo más físico.
Siempre pensamos en el bienestar como algo que hay que añadir a la vida de la mujer: descansar más, cuidarse más, parar. Pero pocas veces pensamos en todo lo que habría que quitarle. Expectativas. Silencios. Exigencias que el cuerpo de la mujer lleva demasiado tiempo sosteniendo. Y quizá ahí haya algo importante.
Porque no se trata solo de entender lo que le pasa a la mujer; se trata también de cómo la mujer se posiciona frente a eso. Se nos enseña a la mujer a ser empática, a cuidar, a sostener, a ser buena persona. Y muchas veces la mujer lo es. Pero hacia fuera. Hacia dentro, con una misma, la exigencia es otra.
La mujer aprende a respetar a los demás, pero no siempre aprende a respetar sus propios límites
La mujer aprende a respetar a los demás, pero no siempre aprende a respetar sus propios límites
La mujer aprende a respetar a los demás, pero no siempre aprende a respetar sus propios límites. Aprende a no incomodar, incluso cuando eso significa vivir incómoda en su propio cuerpo o en su propia vida.Y quizá por eso cuesta tanto algo que debería ser básico: escuchar el cuerpo de la mujer.
Porque el cuerpo de la mujer no es una idea; es biología, ritmo, cambio, límite. Y durante mucho tiempo se le ha pedido a la mujer que funcione como si todo eso no existiera o, peor aún, como si fuera algo que hay que disimular.
Hay experiencias que pertenecen únicamente al cuerpo de la mujer: la regla, el dolor que a veces la acompaña, el embarazo, el parto... También la presión —a veces silenciosa, a veces no tanto— sobre la maternidad: tener hijos, no tenerlos, poder tenerlos o no poder.
No son ideas. Son experiencias que atraviesan a la mujer de una manera muy concreta. Aceptar esa biología no significa encerrarse en ella ni usarla como excusa, significa no avergonzarse de ella, significa entender que forma parte de lo que la mujer es, y que ignorarla no la hace desaparecer, solo la vuelve más difícil de sostener. Y desde ahí, quizá cambia algo.
Porque cuando la mujer deja de pelearse constantemente con su propio cuerpo, la presión de fuera pierde algo de espacio. No desaparece, pero ya no lo ocupa todo. Ser fiel a una misma no es un eslogan. Es algo bastante menos vistoso: saber hasta dónde sí y hasta dónde no. Escuchar cuándo el cuerpo de la mujer puede, cuándo no, cuándo necesita parar, cuándo no quiere seguir. Y aceptar que no pasa nada.
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Que el mundo no se cae cuando la mujer no llega a todo. Que lo único que se cae es una expectativa que nunca fue del todo real. Porque a lo mejor el problema no es que la mujer no pueda con todo. A lo mejor el problema es que la mujer lleva demasiado tiempo intentando no incomodar… Incluso cuando eso significa ignorarse a sí misma.
