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Zapatos, Tejero y Platanito

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01.03.2026

Las mejores imágenes de la vida de Antonio Tejero

Lunes. Leo un artículo de Juan Tallón en este periódico sobre las virtudes benéficas de descalzarse al llegar a casa. Esa capacidad para los detalles, ese diagnóstico de la realidad a través de cosas que a otros les parecen nimias. En efecto, quitarse los zapatos es como quitarse los problemas, las adherencias del mundo exterior, que se queda fuera. Nuestros zapatos son nuestra patria o eso dicen pero a veces ser apátrida, censarse en el salón, avecindarse en el sofá, desconectar por la cara, y por los pies, es sanador. Claro que lo que no te entra por los zapatos, que quedan en el zaguán, te entra por el teléfono. Zaguán, ah, qué delicia de término en desuso.

Martes. La casa Guinness, Netflix, creada por Steven Knight autor de Peaky Blinders. Magnífica banda sonora. El Dublín del XIX-XX con sus tensiones políticas y el enfrentamiento entre protestantes y católicos, la saga familiar cervecera y sus intrigas. La herencia, los hermanos. Los bajos y los altos fondos. Me acuerdo de la visita a la fábrica de Guinness este verano. Es el ‘museo’ más visitado de Irlanda. Ese sabor de una pinta en la azotea del edificio tras el tour. La Guinnes es toda una cultura y un estilo. La serie me da aire entre tanto cine español visitado estas últimas semanas.

Miércoles. Hay una propuesta de la izquierda malagueña para que se nombre hijo predilecto de la ciudad a Antonio Romero, ya saben, aquel aguerrido, ingenioso y brillante político de Humilladero que fue diputado al Congreso y «alcalde moral de Málaga». En el 95, la izquierda era mayoritaria en el Ayuntamiento de Málaga (Martín Toval y Romero) frente a la derecha (Celia Villalobos) pero no hubo acuerdo. Romero fue un hombre franco y honesto. Recuerdo con cariño los cafés a los que convidaba a la prensa algunas veces tras una rueda de prensa en la vieja sede que Izquierda Unida tuvo en la calle Horacio Lengo. Romero tenía una gran inventiva para motejar, crear titulares y no hacer decaer la voz ni meter pausas para que así los cortes en la radio y tele de él fueran lo más largo posible. Una vez le preguntamos que qué le parecía que Aznar no recibiera a Chaves, presidente de la Junta, en Moncloa. Respondió que Chaves tendría que hacer como Platanito en Las Ventas: irse a la puerta y pedir una oportunidad.

Jueves. Se desclasifican los papeles del 23-F y se muere Tejero. Todo en el mismo día. Esto sí que es la historia acelerada. Hay gente que sabe cuándo morirse y no sé si es el caso de Tejero, que ya estuvo a punto de morir hace unas fechas. Tan a punto que algunos medios dieron la noticia. La efeméride y la desclasificación propician un reverdecer -en teles y redes- de imágenes de un país aún en blanco y negro, chusco, tricornero y pistolón. Todavía hay gente que te dice que él estaba viendo en directo el debate en el Congreso cuando irrumpió Tejero, lo cual es complicado, ya que no se emitió en directo. Yo recuerdo en aquel 23 de febrero de 1981 ver en el salón de mi casa a mi madre y a unas cuantas vecinas nerviosas oyendo la radio y tomando café. Yo me bajé con un compinche a jugar al fútbol a la calle. Recuerdo aquel balón, naranja, ligeramente desinflado. Le dimos sin querer un balonazo a un guiri que iba camino de la playa y que blasfemó, supongo, en un idioma extraño. Qué habrá sido de él. Cuándo se enteraría ese turista de lo que estaba pasando en España. Tanto rollo conspiranoico con que los papeles se desclasificaban para echar porquería sobre el emérito y van los papeles y no dicen nada comprometido para el emérito. Un año y pico después, con el Mundial, llegaron los balones Tango, una modernidad de diseño, ligero y duro. El naranja desinflado pasó a un ligero olvido.

Viernes. Tertulia radiofónica en Canal Sur. Cábalas sobre la fecha de las próximas elecciones andaluzas, encuesta sobre el sentimiento andaluz en vísperas del 28-F. Me entretengo en pensar quién en nuestro panorama mediático político social es el andaluz de guardia. Y quién el andaluz profesional. Dice el sondeo del Centra que el rasgo principal y del que estamos más orgullos, la seña de indentidad, es «el acento». Sin ánimo de ser jartible: ole.

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