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Cita con Pérez Estrada

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19.02.2026

El escritor malagueño Rafael Pérez Estrada (1934-2000). / l.o.

Mi hijo tiene muchas cosas. Igual que los niños convencionales. Entre todas esas cosas tiene también un alergólogo. Gajes de la piel, de la herencia, los genes, el clima y las gramíneas. O así.

Hay quien tiene un alergólogo y quien tiene un otorrino. Otros tienen un piso en Torrox o un hidropedal o un abogado. Tal vez un mueble bar o un lápiz de colores. Lo especial, a ver si lo digo ya, es que el alergólogo no es un alergólogo cualquiera. Se apellida Pérez Estrada. Como el gran escritor malagueño, poeta, aforista, narrador. Es su sobrino. Siempre que vamos a su consulta mi hijo nada más entrar dice que se encuentra mejor: es el efecto que hace la contemplación de los cuadros de Mari Pepa Estrada que tiene en la sala de espera. Yo por mi parte voy, además de por la salud de mi hijo, claro, por ver si se me pega algo de estradismo y, sobre todo, por poder decir luego en el café, altivo y atildado, «vengo de ver a Pérez Estrada». Sueño con que alguien entonces me siga el rollo, cómplice, y me pregunte si me ha regalado una greguería, si el loro con el que posa habla latín o si me ha invitado a comer en el Bilmore.

El talento se hereda, si bien mi hijo lo que ha heredado es una alergia. Pero el alergólogo Pérez Estrada, muy prestigioso en lo suyo, seguro que ha heredado la capacidad surrealista y le ha dado por pensar en la piel de los ángeles o de los espejos, en las alergias que pueda sufrir un demonio, una catedral o una nube.

¿Hay champú con alérgenos para el cabello de ángel? ¿Se puede ser alérgico al martini de mar? ¿Sabrán los ácaros que además de morar en las sábanas podrían vivir en los libros? Ahí es nada tener un documento firmado por Pérez Estrada. No es un poema o un ‘Fetario de homínidos celestes’, pero sí es una receta. Sanadora también, como los escritos de su tío. Tenemos alergólogo y una excusa para nombrar de nuevo a Pérez Estrada. Suena su apellido en nuestro salón. Como pasaba en mi casa familiar, también, hace ya muchos años. Cuando mi padre me alargaba uno de sus libros y me recomendaba que leyera a su tocayo. Rafael.


© La Opinión de Málaga