Cuatro años ya de guerra y sin fin a la vista
Militares ucranianos en la región de Donetsk, este miércoles. / EFE
Lo que comenzó como una “operación militar especial” para reemplazar al régimen pro occidental de Kiev por otro que no fuese hostil a Rusi, como el derribado ocho años antes en la revolución del Euromaidán, se ha convertido en una guerra brutal que entra en su quinto año.
Hay desde entonces dos relatos del conflicto: uno es el de la UE y la OTAN, dominante en los medios que podríamos llamar tradicionales; otro, que sólo puede expresarse hasta ahora en los alternativos porque, aunque oficialmente no estemos los europeos en guerra con Rusia, en la práctica es como si lo estuviésemos.
Según el primer relato, la invasión de Ucrania fue una agresión no provocada por parte de la Rusia imperialista de Vladimir Putin a una nación soberana que buscaba libremente su propio destino en Occidente.
De acuerdo con el otro, el Euromaidán más que una revolución popular, fue un golpe de Estado promovido por EEUU contra el gobierno democrático del presidente Viktor Yanukóvich, quien se había comprometido ya antes con Occidente a celebrar nuevas elecciones.
Para convencer a la opinión pública europea de que la invasión rusa del país vecino fue sólo la acción imperialista de un “nuevo Hitler”, había que olvidarse de que, aunque ilegal desde el punto de vista del derecho internacional, siguió a una sangrienta guerra civil de ocho años entre las fuerzas ultranacionalistas de Kiev y los habitantes rusófonos del Donbás, que no querían la ruptura de relaciones con Rusia.
Y que el empeño de Occidente de meter en la OTAN a Ucrania y a Georgia, dos repúblicas que habían formado parte integrante de la desaparecida Unión Soviética, era para la nueva Federación Rusa una provocación que no estaba dispuesta de ninguna manera a aceptar, como habían advertido incluso veteranos diplomáticos de EEUU.
Nada de eso importó, sin embargo, porque el Gobierno de Washington estaba decidido a convertir a una Ucrania armada hasta los dientes por Occidente en un eficaz ariete frente a una Rusia, a la que consideraba económica y militarmente débil e incapaz de resistir.
Hubo, es cierto, en un principio lo que parecieron intentos de resolver el conflicto diplomáticamente, como los llamados acuerdos de Minsk: se trataba en ellos de reconocer a la región del Donbás la autonomía que reclamaban sus habitantes así como el estatus oficial de la lengua rusa, que hablaban millones de ucranianos.
Pero como admitirían años después la canciller federal alemana Angela Merkel y el presidente francés François Hollande, aquellas negociaciones fueron sólo una hábil treta de Occidente para ganar tiempo y permitir a Ucrania seguir armándose.
Un nuevo intento diplomático tuvo lugar en abril de 2022 en Estambul: los rusos aceptaron en aquellas negociaciones que el Donbás siguiese siendo ucraniano, pero con un estatus especial que permitiese a esas regiones mayoritariamente rusófonas seguir teniendo estrechas relaciones con Rusia.
Lo frustraron el descubrimiento de la masacre de Bucha, atribuida al ejército ruso, aunque no está del todo claro, pero sobre todo la intervención en el último momento de Boris Johnson, que animó a los ucranianos a seguir luchando porque terminarían ganando a Rusia con la ayuda militar ilimitada que les prestaría Occidente.
Desde entonces calla la diplomacia en Europa, que ha dejado absurda y vergonzosamente la iniciativa al presidente Donald Trump, quien, aunque presionado por los “halcones” de su país intenta llegar a un acuerdo con Rusia que tiene, sin embargo, más en cuenta los intereses económicos de EEUU y los de su propia familia que el destino de los ucranianos.
Pese al optimismo que tratan de mostrar los negociadores nombrados por Trump para intentar mediar entre ucranianos y rusos, como su amigo y también empresario Steve Witcoff, las posiciones de Kiev y Moscú parecen irreconciliables.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, sigue insistiendo en que no se puede negociar con Putin, al que acusa de haber “iniciado ya la tercera guerra mundial” cuando es, sin embargo, él quien sin duda la iniciaría si lograse, como quiere, convencer a la OTAN de entrar directamente en el conflicto militar con la mayor potencia nuclear del planeta.
Mientras tanto, el ex presidente ruso y hoy vicepresidente de su Consejo de Seguridad Dmitri Medvédev, conocido por no tener pelos en la lengua, parece tan desesperado como impaciente por acabar con Zelenski, al que considera presidente ilegítimo por haber acabado hace casi dos años su mandato.
Y así, en sus declaraciones más furibundas, vaticinó que, de continuar como hasta ahora, al presidente ucraniano podría aguardarle un destino como el de Hitler o el de Mussolini, que acabó colgado boca abajo junto a su amante Clara Petacci y otros fascistas en una plaza de Milán.
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