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Alejandra Cortina Cué, de raíces asturianas e hija de Alberto Cortina y Elena Cué, publica el poemario "Siete formas de arder": "El pecado también tiene una parte bella"

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23.09.2026

Alejandra Cortina Cué, de raíces asturianas e hija de Alberto Cortina y Elena Cué, publica el poemario "Siete formas de arder": "El pecado también tiene una parte bella"

"Me interesan los misterios de la humanidad, los rituales, las cosas que no entendemos del todo"

Alejandra Cortina Cué / Paloma Rodríguez Barceló

María José Iglesias-Baloyra

A los 20 años adentrarse en los abismos de la condición humana requiere osadía y talento. Alejandra Cortina Cué (Madrid, 2006) debuta en la literatura con "Siete maneras de arder" (Editorial Cántico), un poemario bilingüe en español e inglés donde los siete pecados capitales dejan de ser condenas morales para transformarse en territorios del deseo. Con gran madurez lírica, la autora, de raíces asturianas e hija del empresario Alberto Cortina y de Elena Cué, combina la simbología de El Bosco y los ecos de Dante para cartografiar la ira, el orgullo o la envidia desde una perspectiva tan oscura como magnética. En esta entrevista, la autora, una de las voces emergentes de la poesía actual, habla sobre la culpa, la herencia teológica medieval y la atracción humana hacia cuanto nos consume.

-«Siete maneras de arder» gira en torno a una idea que lleva siglos formando parte de nuestra cultura: los siete pecados capitales. En el libro, la fruta aparece de formas muy distintas: hay higos que son lujuria, una manzana que amarillea, avergonzada de su propia mitología, y semillas de granada que hieren con recuerdos. ¿La fruta es siempre tentación o hay momentos en que es otra cosa?

-La fruta siempre me ha atraído como símbolo de tentación. Es dulce, jugosa, pringosa: refleja muy bien esa idea. El higo simboliza la feminidad y la fertilidad, pero también la vulva. Muchos frutos simbolizan la sexualidad de la mujer y se utilizaban precisamente porque era un tema tabú, así que jugar con ellos me parecía fascinante y divertido a la vez. La manzana que amarillea representa el pecado, «eco del Edén», como digo en el poema de la Pereza; es la putrefacción del alma haciéndose visible en la fruta. La granada es distinta. «Hiere con recuerdos.» La fruta no es solo placer: tiene memoria dentro. Eso era lo que quería conseguir con el lenguaje. ¿Representa a un amante perdido? Quién sabe. Eso le pertenece al lector.

-La narradora del libro nunca se disculpa. ¿En algún momento miente?

-Creo que este libro no debe interpretarse con el fin de determinar si la narradora miente o dice la verdad. La pregunta es: ¿Qué le hace a quien lee? ¿Le seduce o le repugna? Porque esa reacción, esa incomodidad o ese reconocimiento puede decirle algo sobre dónde están sus propios vicios.

-Se ha cambiado tres veces de carrera y parece haber encontrado su lugar en la literatura........

© La Nueva España