Miedo y libertad: el tóxico binomio que nació el 11-S
Recuerdo sobre todo el desconcierto, la adrenalina y el silencio. El tejado de Brooklyn donde tantas noches disfrutábamos de la luna y el skyline neoyorquino se convirtió en la platea soleada desde la que, con legañas aún pegadas a los ojos, descubrimos que una de las Torres Gemelas escupía humo negro. Ninguno de los vecinos hablaba. El segundo avión lo vi estrellarse en la pantalla de la televisión: el grupo de periodistas y cineastas que casualmente me visitaban en esos días y que, providencialmente, habían renunciado a ir a las torres aquella mañana, ya estábamos pegados al teléfono de forma frenética para contactar con televisiones, radios y periódicos españoles para «venderles» la noticia.
Era un mundo donde los teléfonos portátiles aún eran zapatófonos sin conexión a Internet, así que ser periodista y estar ahí tenía otro peso; la información visual aún no viajaba de forma instantánea desde cualquier bolsillo: necesitabas tener una cámara y conseguir conexión a un satélite para enviarla a la otra parte del mundo. Pasaron menos de dos horas desde el primer impacto hasta que las torres se derrumbaron: eso ocurrió mientras cruzábamos el puente de Williamsburg y la policía nos gritaba: «¡Es un atentado! ¡Todos fuera del puente! ¡Esto también puede ser........
