Tu privacidad por una galleta
Artículo publicado originalmente en Democráter
Este fin de semana mi vecina, que es encantadora, volvió a animarme a que me uniera a una sesión de running en grupo por el parque. Aunque tenía mis reticencias, me sacudí las sábanas y la pereza y me preparé para el plan: mallas, deportivas, café aliñado con creatina, protección solar, y vámonos que nos vamos. «¡Venga, me apunto! [emoji bíceps emoji carita sonriente]», le contesté con mi mejor actitud de motivada. Sábado por la mañana, ejercicio al aire libre, socializar un rato y terminar con un dulce en la pastelería del barrio. ¿Qué podía salir mal? Pues muchas cosas.
Resulta que hace algo más de un mes «unos chicos» montaron un grupo de running en la zona. Desde entonces, cada fin de semana organizan quedadas «gratuitas» para dar un trote por el parque, todo en un ambiente así como muy amigable y nada competitivo; además, al finalizar, una cafetería cercana ofrece un 15% de descuento o regala una galleta a los participantes. Pensé: «pues qué bien, por fin una iniciativa para hacer barrio y, de paso, apoyar el comercio local«. Qué equivocada estaba.
La primera, en la frente
La primera red flag apareció rápido. Para participar en la actividad no bastaba con presentarse en el punto y hora de encuentro, no: había que inscribirse a través de una app de fitness, Strava. Yo la desconocía, como también desconocía la historia, absolutamente marciana pero real, de que este mismo mes de marzo el periódico francés Le Monde localizó la posición exacta del portaaviones Charles de Gaulle —desplegado en el Mediterráneo oriental en el contexto de la guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán— porque uno de los oficiales a bordo se dedicó a pegarse carreras por el buque insignia de la........
