menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

La guerra contra Irán: el eslabón perdido en la estrategia de contención del imperio

22 0
13.03.2026

Por Carlos Rafael Gil Centeno

Cuando la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, afirmaba que «aunque el año 2025 ha sido difícil para todos, el 2026 será todavía peor», seguramente no se refería al peligro de una guerra nuclear que amenaza a la humanidad si el curso de los acontecimientos internacionales continúa inalterable. Tal vez, y dada su postura pública favorable al orden hegemónico mundial, aludía a una crisis económica sin precedentes que atravesaría la Unión Europea como consecuencia de algunas políticas macroeconómicas «equivocadas». Pero, fuese como fuese, el transcurrir de los primeros días de 2026 nos ha mostrado sombras muy aterradoras sobre el futuro inmediato, que van más allá de una simple crisis económica o financiera cíclica —a las que el capitalismo nos tiene acostumbrados— y que podrían amenazar la vida en el planeta.

Desgraciadamente, ha comenzado la guerra contra la República Islámica de Irán, y parece que quienes la han desatado no han comprendido la magnitud de este acontecimiento ni el peligro que podría representar para la vida en la Tierra si llegara a escalar planetariamente. ¿Será que la arrogancia ha cegado la razón de quienes hoy dirigen Estados Unidos e Israel? Lamentablemente, la historia nos demuestra que estas cosas suceden y que, cuando se ha intentado atajarlas, ya resulta demasiado tarde. Es triste constatar que la humanidad parece no haber aprendido nada de lo que fue la plaga nazi ni de las consecuencias que este oscuro capítulo tuvo para los pueblos.

La narrativa contradictoria de Washington

Al revisar la evolución actual del discurso estadounidense en su intento por justificar la agresión contra Irán, uno no puede evitar cierta ironía. Si no fuese porque quienes emiten esos pronunciamientos tienen el poder de desatar una terrible tormenta nuclear contra la humanidad, sencillamente daría risa. Resulta casi cómico imaginar a los señores Trump, Rubio y Hegseth correteando por la Casa Blanca, al más puro estilo de los «Tres Chiflados», contradiciéndose a cada rato y tratando de ver quién plantea algo más alocado que el otro.

Al principio de esta crisis —iniciada en diciembre de 2025 con las manifestaciones en Teherán contra las dificultades económicas que habían provocado el desplome de la moneda iraní, coincidiendo con la reunión de Trump y Netanyahu en Mar-a-Lago—, los máximos voceros del gobierno estadounidense expresaron públicamente la posibilidad de iniciar acciones armadas contra Teherán en defensa de los «millones» de iraníes reprimidos violentamente durante las protestas.

Una vez aplacadas las tensiones sociales, el discurso estadounidense comenzó a virar hacia la necesidad de destruir la capacidad de Irán para obtener un arma nuclear —una cuestión que, supuestamente, ya se había resuelto en la operación «Martillo de Medianoche»— y de desmantelar su capacidad misilística. Con el inicio de las hostilidades, el argumento sufrió una nueva modificación: ahora se hablaba de la necesidad de un cambio de régimen en Irán. Sin embargo, poco después terminaron afirmando, con un descaro notable, que el gobierno estadounidense nunca había planteado esa posibilidad, volviendo a centrarse en el tema nuclear.

Ya en pleno desarrollo de la guerra, han querido hacer creer que algunos sucesos atroces y violatorios del derecho internacional, como el asesinato del ayatolá Alí Jameneí, fueron meros hechos fortuitos, para luego sostener afirmaciones tan inverosímiles como que Estados Unidos no había iniciado esta guerra. Y así, pare usted de contar.

En concreto, si algo ha caracterizado a la administración Trump ha sido su particular habilidad para desarrollar una narrativa contradictoria. Salvo algunos conatos de lucidez —que merecen ser analizados con pinzas y de los cuales podemos deducir sus estrategias—, como el reciente discurso de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich o los discursos polarizantes del propio Trump, el panorama general es desconcertante. Por más perversos que estos mensajes puedan parecer al contrastarlos con la realidad, nos revelan la estrategia que siguen.

Sin embargo, toda esta discursiva parece tener un objetivo ulterior. Más que intentar ofrecer una explicación de la realidad —aunque esta fuese manipulada o distorsionada en favor de intereses particulares—, su fin pareciera ser que ningún hecho pueda tener, finalmente, una explicación aceptable o, al menos, creíble. El resultado es que los acontecimientos terminan hundiéndose en un mar de especulaciones. Todas las administraciones pasadas, al menos dentro de su propia lógica, ofrecían una justificación para sus acciones, incluso cuando esas explicaciones terminaban estrellándose contra el teatro real de las operaciones o frente a un análisis esencial de sus propias narrativas.

Volvamos a la esencia del problema: la crisis de legitimidad del Estado norteamericano

En varios de mis trabajos anteriores he dedicado tiempo a explicar algunas de las líneas centrales sobre las cuales podemos entender la coyuntura actual. Solo intentaré recordarlas aquí para que, a partir de esos elementos esenciales, podamos vencer la opaca narrativa diseñada desde la Casa Blanca en torno a un hecho tan peligroso como el actual conflicto con Irán.

En primer lugar, recordaré un elemento clave para el análisis de la coyuntura, especialmente si se observa desde la agresividad con que se despliegan actualmente las acciones norteamericanas: en este momento, y quizás como nunca antes en su historia, estamos a las puertas de una hecatombe en la legitimidad del Estado norteamericano ante su propio pueblo.

A lo largo del desarrollo de la sociedad estadounidense, desde sus inicios hasta hoy, se terminó consolidando una forma de legitimidad política muy singular, en la cual la aceptación del orden social, económico y político asumido por la nación estadounidense quedó indisolublemente vinculada a la existencia de un Estado imperial. Es decir, con el tiempo, el Estado norteamericano fue dirigiéndose hacia una encrucijada histórica donde su existencia como Estado, su condición como imperio global, su realización como nación y el sistema capitalista senil que constituye su metabolismo se han fusionado de manera inconmovible hasta nuestros días.

Llegados a este punto, resulta clave resaltar uno de los elementos que hizo posible amalgamar este estado de cosas y que ha sido la fuente de donde brota la aceptación del pueblo estadounidense hacia su sistema político: el consumismo, entendido como un «modo de vida americano». En un país donde la llamada conciencia social se ha cristalizado sobre la exacerbación de los deseos por encima de la razón, solo una cultura basada en el consumo es capaz de actuar como la fuerza centrípeta fundamental que une a esa sociedad.

De esta forma, alcanzado actualmente el momento cumbre en que los cimientos que hacen posible el sistema consumista estadounidense —y con ello, la fuente de legitimidad que sostiene en último término al Estado imperial americano—, como lo son la supremacía militar y la financiación que una parte del mundo hace de la economía estadounidense, entran en una crisis profunda que terminará por abrir las puertas al colapso del Estado-nación norteamericano tal como lo conocemos. De ahí que, como señalé extensamente en mi artículo publicado en la web «El imperio del consumo: la crisis de legitimidad en los Estados Unidos y el fantasma de la guerra civil», el orden social, político y económico norteamericano se juegue en esta coyuntura histórica su propia existencia.

La senilidad del imperio

En segundo lugar, si ahondamos en la lógica que define a un imperio, descubriremos que en su práctica nunca contemplará la posibilidad de un repliegue voluntario, dado que, de ser así, estaría contradiciéndose esencialmente a sí mismo. Es solo a partir de la necesidad imperiosa impuesta por la realidad de los acontecimientos cuando puede llegar a plantearse una salida distinta a su razón existencial de seguir siendo imperio, con la que se evite el colapso catastrófico. Históricamente, los imperios inician una etapa de expansión que trasciende las fronteras del Estado que los vio nacer; ese momento puede considerarse el de su florecimiento. Sin embargo, llega un punto en que su expansión se vuelve inviable debido a distintas variables —económicas, tecnológicas, militares o sociales—, alcanzando entonces la etapa de su madurez.

Es precisamente en ese momento cuando la lógica de acumulación de poder, que anteriormente se canalizaba hacia la expansión de su influencia, muta para intensificarse en los espacios que ya domina, incluido el Estado originario que lo vio nacer. El Imperio romano pudo mantenerse «racional» mientras la necesidad de acumulación de poder pudo satisfacerse mediante la expansión territorial. Al llegar a un límite en esta posibilidad, dicha lógica de acumulación pasó a buscar satisfacer esa necesidad intensificando su control y explotación hacia el interior del imperio. Esta dinámica se volvió cada vez más insoportable para los territorios ocupados, que debían aceptar el dominio romano, lo que desencadenó rebeliones internas y crisis fiscales cada vez más frecuentes que conllevaron un debilitamiento de su poder militar a la hora de preservar sus fronteras, factores que terminaron por conducirlo a su colapso. Esta última etapa podemos conceptualizarla como la senilidad del imperio.

Conviene recordar que en la época romana la acumulación de poder estaba relacionada con el control territorial y la posesión de esclavos, por lo que su expansión consistía fundamentalmente en la conquista de nuevos territorios y la esclavización de otros pueblos. En el caso actual, la expansión del imperio norteamericano ha estado más vinculada a la ampliación de mercados —tanto de mercancías como financieros—, a la búsqueda de nuevos territorios —los cuales no necesariamente han debido ser anexionados— donde poder deslocalizar la producción en función de aumentar las tasas de ganancia, a la implementación de mecanismos de financiación de la economía estadounidense y al control de territorios mediante gobiernos títeres.

Desde hace bastante tiempo, y muy especialmente después de la caída de la URSS, el imperio norteamericano ha alcanzado un límite estructural: ya no le ha sido posible expandirse más. Nos encontramos ante un imperio verdaderamente global, que ha completado su ciclo de expansión geopolítica y económica. Es en este contexto donde podemos situar el inicio de su etapa de senilidad, aquella en la que, al no poder ensanchar sus áreas de influencia, se ve obligado a intensificar —no a expandir— su control, dominación y explotación sobre los espacios geopolíticos ya conquistados. Es el momento donde una especie de parasitismo económico se apodera a nivel superior del metabolismo imperial.

Las contradicciones internas del imperio

Sin embargo, esta dinámica actualmente comienza a hacer aguas. Es precisamente aquí donde las contradicciones........

© Kaos en la red