Sabía que ibas a venir
Sabía que ibas a venir
En un mundo en el que impera la violencia, el individualismo, la competitividad, la traición, el egoísmo y la deslealtad, busco dónde alimentar la esperanza, el optimismo y la fuerza para seguir confiando en la especie humana y en su capacidad de convivencia armoniosa, solidaria y empática. Al escuchar hace unos minutos la siguiente anécdota de labios del ilusionista argentino Héctor René Lavandera he pensado que uno de esos asideros es la amistad.
René Lavand, de esta forma era conocido, fue un famoso cartomago argentino fallecido en 2015 en la ciudad de Tandil. Perdió el brazo derecho cuando tenía 9 años, atropellado por un joven de 17 que conducía el coche de su padre. Hacía sus juegos de cartas con la mano izquierda, mostrando una asombrosa habilidad. También era famoso por las historias que contaba. Esta es la que acabo de escuchar: había terminado la guerra. Un soldado pide permiso a su capitán para volver al campo de batalla en busca de un amigo. El capitán le niega el permiso.
- Es inútil que vayas, está muerto, le dice.
El soldado desobedece la orden y va a por su amigo. Regresa con él en brazos, muerto.
- Te lo dije. Era inútil que fueras.
- No, mi capitán. No fue inútil. Cuando llegué aún estaba con vida y solamente dijo:
- Sabía que ibas a venir.
Mereció la pena la desobediencia, el tiempo y el esfuerzo. Aquel soldado murió reconfortado por la fidelidad inquebrantable de su amigo: sabía que ibas a venir.
Creo que la amistad es una de las columnas que sostienen el mundo. La amistad que teje relaciones humildes de escucha, de ayuda, de acompañamiento, de comprensión y de ternura. Y lo hace de forma completamente desinteresada. La amistad hace mejor nuestro planeta, lo redime de la maldad, de la brutalidad, de la inmisericordia.
Sus raíces se hunden en la tierra de la convivencia y se nutren de forma constante para que el árbol de la amistad de sus frutos: la compañía, la escucha, la diversión, la comprensión, las risas, la diversión, el consuelo, la corrección…
Una de las raíces es la confianza. Sin confianza la amistad no se sostiene. La confianza es saber que puedes hablar sin miedo, que tus palabras no serán utilizadas en tu contra y que el otro estará incluso cundo no tengas nada que ofrecer. El amigo es esa persona que, a pesar de conocerte muy bien, muy bien te sigue queriendo.
Otra raíz reside en la lealtad. La lealtad es permanecer, incluso cuando es incómodo. No se trata de estar siempre de acuerdo, sino de estar, de no abandonar, de no cansarse. Es defender al amigo cuando no está presente y acompañarlo cuando todo se complica.
La generosidad es otra raíz de la amistad. El amigo da sin llevar cuentas. A veces es tiempo, otras veces escucha, otras simplemente presencia. La amistad crece cuando uno da porque quiere, no porque espera algo a cambio. La generosidad ha tachado de sus lemas el interesado “do ut des”.
No hay amistad sin honestidad. No todo es agradar. Un amigo (qué redundancia es decir un buen amigo o un amigo verdadero) corrige, advierte y ayuda a crecer, incluso cuando incomoda. El amigo nunca engaña. Dice la verdad aunque sea dura e incómoda.
La amistad echa sus raíces en la empatía. Es la capacidad de sentir con el otro, de entender sin condenar, de acompañar sin tener prisa, de llorar al lado, de comprender con calma, de tratar de descifrar lo que quiere decir y no sabe o no puede expresar.
La amistad necesita tiempo. Las raíces no crecen súbitamente, de un momento para otro. La amistad necesita paciencia, experiencias compartidas, tiempos de escucha y compañía, largas conversaciones y superación conjunta de dificultades.
Hay, a mi juicio, amistades que fraguan en diferentes etapas de la vida y que, por consiguiente, tienen diferente naturaleza y hacen recorridos diferentes. Ya sé que no se puede circunscribir el nacimiento de una amistad solo a estas circunstancias ya que hay amistades que nacen en un viaje, en un encuentro fortuito, en una fiesta, en un accidente…
Existen los amigos de la infancia. Aquellos con quienes hemos compartido la primera etapa de la vida, los juegos de la infancia, las primeras travesuras, los descubrimientos y hallazgos más sorprendentes, la celebración de los primeros cumpleaños… Los veinte quintos de Grajal de Campos (provincia de León) nos reunimos cada año para celebrar el paso de los años.
También se fraguan amistades en las diferentes etapas escolares. Es frecuente que los compañeros de promoción se reúnan para evocar recuerdos y tomar el pulso a la vida. No todos quienes comparten experiencias escolares acaban fraguando amistades, claro está. La mayoría no van más allá de ser simples compañeros. Me viene a la mente aquella escena escolar en la que un alumno lleva a cuestas a un compañero que se había hecho daño en una pierna en el patio del colegio.
El lesionado es más alto y más fuerte que el que lo lleva sobre las espaldas. Alguien le dice al porteador:
- Qué va, si es mi amigo.
Un tercer grupo de amistades cuajan en el trabajo. Acabo de leer una sugerente novela, opera prima de Paula Ducay (Altamarea, 2024) titulada “La ternura”, en la que describe la relación de amistad entre un hombre maduro y casado y una mujer joven, compañeros de trabajo en una empresa.
La obra describe los avatares de la relación amistosa durante la invitación que él le hace a ella para pasar una semana de vacaciones en el seno de su familia.
No me resisto a dejar constancia de las relaciones de amistad que se establecen entre las personas y los animales. Creo que también hacen más habitable la convivencia en el planeta. Nos hacen mejores a las personas. No comparto la opinión de quienes piensan que el afecto que entregamos a nuestras mascotas reste fuerza y atención a las relaciones humanas. Todo lo contrario: las enriquecen. Y son los animales quienes nos enseñan una lealtad incondicional. En Córdoba (Argentina) un perro llamado “Capitán” vivía con su familia. Cuando su dueño, Miguel Guzmán, falleció en 2006, “Capitán” desapareció poco después del funeral. Pasados unos días la familia lo encontró en el cementerio junto a la tumba de su amo. Nadie lo había llevado hasta allí. Había encontrado el lugar por su cuenta. Desde entonces Capitán permaneció en el cementerio durante años regresando cada noche a dormir junto a su amo. Incluso cuando la familia intentó llevarlo de vuelta a casa, él siempre volvía.
Decía Epicuro: “Cada mañana, la amistad recorre la tierra para despertar a las personas, de modo que puedan hacerse felices”. Es una hermosa visión de la historia humana. La vida se teje de pequeñas anécdotas que se van trenzando en la cotidianeidad y en la emergencia. Los recuerdos se van sucediendo y nos van marcando.
Cuando pienso en la amistad siempre recuerdo a mi admirado y querido Manuel Alcántara, maestro en amistades, que contaba esta aleccionadora historia.
Un hijo pregunta a su padre:
- ¿Cuántos amigos tienes?
- ¿Uno solo? Tú has perdido la vida, yo tengo más de mil, le dice, orgulloso, enseñándole a sus seguidores en el móvil.
- ¿ Estás seguro de que son amigos de verdad?
- Claro que sí, me lo han dicho muchas veces.
- Mira, hijo, vas a realizar una prueba. Vas a matar una oveja y la metes en un saco, de modo que se vea la sangre. Vas a casa de esos amigos y les dices que has tenido una horrible debilidad y que has matado a un niño. Y les pides que te ayuden a esconder el cadáver que llevas en el saco.
Así lo hace. Va a la casa del primer y mejor amigo y le cuenta lo acordado. El amigo responde:
- ¡Tú eres un asesino! ¿Cómo he podido pensar que eras mi amigo? Lárgate de aquí cuanto antes. No quiero que me vean contigo. No quiero que me impliquen a mí en el asesinato. Que no te vuelva a ver por aquí. Estoy avergonzado de ti.
Uno tras otro le rechazan con diferentes argumentos. Ni uno solo le ayuda. Se acuerda entonces del amigo de su padre. Va con el saco a su casa. Le dice que es hijo de su amigo. Y le explica lo mismo que ha venido diciendo en las casas de sus amigos. Y el amigo de su padre le dice:
- Anda, entra rápidamente, vamos a enterrar ahora mismo el cadáver en el jardín. ¡Ah, y de esto no le digas ni media palabra a tu padre!
Los amigos están ahí. De forma incondicional. Los amigos y las amigas, lo digo ahora y debería haberlo dicho desde el comienzo. Muchas veces de forma silenciosa, siempre de forma eficaz. Están en el silencio y en la distancia. Hay que practicar la amistad. Es hermoso aquel proverbio chino: recorre frecuentemente, el camino que lleva al huerto del amigo, de lo contrario crecerá la hierba y no podrás encontrarlo fácilmente. En algunos países se celebra el 20 de julio el Día del Amigo. Abogo por esa gozosa celebración.
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