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Liderazgo en la práctica: cómo influye en la experiencia de los equipos

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Por: Jessica Alzamora. Directora de Talento Humano y Cultura de ESAN. Directora de la Maestría en Organización y Dirección de Personas de ESAN Graduate School of Business.

¿Te ha pasado que un líder habla de confianza, apertura o empoderamiento, pero, en la práctica, la experiencia del equipo cuenta una historia distinta? En la actualidad, muchas organizaciones han evolucionado en la forma de liderar. Hay más espacios de conversación, nuevas dinámicas de trabajo y un lenguaje que pone a las personas en el centro.

Sin embargo, cuando se observa lo que realmente viven los equipos en su día a día, la sensación no siempre es la misma. Es allí donde aparece la brecha silenciosa entre lo que el liderazgo busca transmitir y lo que las personas terminan experimentando.

¿Qué termina pasando en el día a día?

Más allá del discurso, la experiencia del empleado se construye en interacciones concretas. En sí una idea realmente es tomada en cuenta cuando vale la pena o solo se escucha. En sí una decisión se puede tomar o siempre debe escalarse. En si el error abre una conversación de cómo mejorar o genera incomodidad.

En muchos casos, no se trata de grandes decisiones, sino de pequeñas señales que se repiten: quién tiene la última palabra, cuánto se tarda en avanzar o qué tan seguro se siente alguien al expresar una opinión distinta.

Por ejemplo, un líder puede invitar a los diferentes miembros de su equipo a opinar, pero si las decisiones ya están tomadas, la experiencia que queda no es de participación, sino de formalidad, y eso afecta la motivación del equipo.

Puede hablar de autonomía, pero si cada paso requiere validación, lo que las personas viven es control. Puede mostrarse cercano, pero si no hay apertura al desacuerdo, la experiencia no es de confianza, sino de cautela. En todos estos pequeños momentos la experiencia también se define.

Cuando el mensaje no coincide con lo que se vive

Estas situaciones no suelen responder a una falta de intención. De hecho, es común encontrarlas en líderes comprometidos, que buscan generar mejores entornos de trabajo.

Sin embargo, cuando se repiten en el tiempo, generan algo contraproducente: las personas comienzan a ajustar su comportamiento en función de lo que realmente ocurre.

Es decir, dejan de opinar cuando sienten que no se les dará relevancia a sus palabras, evitan proponer cuando perciben que sus ideas no se tomarán en cuenta o reducen su nivel de involucramiento cuando entienden hasta dónde llega su margen de acción.

Estas situaciones se dan no porque no quieran aportar, sino porque leen el contexto y esa lectura es, finalmente, también la experiencia.

Lo que el liderazgo amplifica

Un mismo contexto organizacional puede vivirse de manera muy distinta dependiendo del líder.

Hay equipos que, en entornos exigentes, logran mantener sentido, claridad y aprendizaje. Y otros que, bajo condiciones similares, experimentan cansancio, frustración, presión y desconexión.

La diferencia muchas veces no está en la carga de trabajo, sino en cómo se gestiona. El liderazgo no solo se dirige el trabajo, también puede amplificar la experiencia que las personas tienen dentro de la organización, para bien o para mal.

En la práctica, esto se refleja en cosas muy concretas: equipos donde las prioridades son claras frente a otros donde todo es urgente; espacios donde las personas saben qué se espera de ellas frente a contextos donde la falta de claridad genera desgaste; líderes que generan foco y dirección, frente a otros que, sin buscarlo, aumentan la incertidumbre.

Estas diferencias no suelen responder a grandes definiciones estratégicas, sino a cómo el líder organiza el trabajo, comunica y toma decisiones en el día a día. Y es precisamente en esos aspectos donde la experiencia del equipo se vuelve más evidente y, muchas veces, más determinante.

Liderar distinto no es decir cosas distintas

Uno de los mayores desafíos hoy no está en incorporar nuevos conceptos, sino en traducirlos en decisiones concretas que cambien la experiencia del equipo.

Para eso, por ejemplo, hablar de confianza implica ceder control en algunos espacios. Promover autonomía implica aceptar decisiones que no necesariamente habríamos tomado. Fomentar el aprendizaje implica sostener el error sin anular el intento.

Es en ese espacio donde la experiencia empieza a cambiar.

La experiencia del empleado no se define en lo que el liderazgo declara, sino en lo que las personas viven todos los días al trabajar con sus líderes.

Y aunque es natural que las organizaciones estén en proceso de evolución, vale la pena preguntarse con honestidad: ¿Qué están experimentando realmente hoy nuestros equipos? Porque, al final, no es el discurso el que construye la experiencia, sino las decisiones, grandes y pequeñas que la hacen posible.


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