Nuestro amor y el pingüino
En casa vivimos de alquiler y —debido a la provisionalidad que ello conlleva y también, por qué no decirlo, a una militante escasez de dinero— no habíamos querido instalar aire acondicionado en el piso. Durante el último lustro, hemos intentado paliar la llamarada climática del hogar con una serie infinita de ventiladores, iniciativa de consecuencias nefastas, pues los trastos en cuestión no han servido una mierda (al contrario, se han limitado a repartir el aire cálido con más entusiasmo para ver si podían matarnos). Nuestros amigos, gente avezada a la praxis, nos habían recomendado que compráramos un pingüino, pero mi costilla y yo, de una forma absolutamente incomprensible, preferíamos pasar el verano como dos acelgas escaldadas con tal de no dirigirnos a uno de los establecimientos que tenemos a solo diez minutos del Call para comprar uno. No era un problema de pasta; simplemente, disfrutábamos siendo tercos.
Me corrijo, ya que esta conducta descabellada no solo debe imputarse a nuestra alma cabezota. Todavía diría más: comparto con mi estimada una espantosa porfía que me liga a anhelar el dolor autoinfligido; en mi caso, la enfermedad se ha expresado —durante varias etapas de mi vida— en el consumo desaforado de libros, alcohol, estupefacientes y una multiplicidad oceánica de anos. En cuanto a Alba, su amor a la........
