Aunque pinta mal, que el PP no se ponga nervioso
Es deprimente comprobar la fragilidad de las economías de algunos de los países que se consideran los más ricos y poderosos del mundo. Por no hablar de los que no lo son tanto o lo son bastante menos. Porque en menos de diez días de la guerra de Irán los supuestos, incluso certezas, en las que se basaban sus pronósticos de futuro se han venido abajo de la mano de la subida del precio de los carburantes y de los fertilizantes y ahora el panorama está marcado por la incertidumbre y el temor de que los graves problemas que hoy se padecen terminen por convertirse en una crisis que arrase con todo.
La economía española no se escapa de esas reflexiones. De repente, sin que nadie se lo esperara, una decisión tomada lejos de nuestras fronteras –la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán– ha acabado con el buen momento que vivía nuestra economía, desde hace al menos tres años, y el pesimismo ahora domina todos los análisis y debates. La subida del precio del petróleo, hasta los 100 dólares por barril, ya ha colocado al sector agrícola y al de los transportes al borde del abismo y la crisis de otros suministros que provoca el cierre del estrecho de Ormuz amenaza a buena parte de los sectores industriales.
