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Quemar LAS naves, quemar MIS naves

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30.08.2026

Quemar LAS naves, quemar MIS naves

En el año 335 a. C., al llegar a las costas de Fenicia, Alejandro Magno se encontró ante uno de esos momentos en los que la historia parece detenerse y exigir una decisión. Frente a él se levantaba un ejército enemigo que, según el relato, triplicaba en número a sus hombres. Detrás quedaba el mar. Y, ancladas junto a la costa, permanecían las naves que los habían llevado hasta allí.

Sus soldados desembarcaron sabiendo que aquella batalla podía ser la última.

Habían combatido antes. Habían recorrido enormes distancias. Habían conocido el cansancio, las heridas y la muerte. Eran hombres acostumbrados a mirar al peligro a los ojos. Pero aquella vez era diferente. La superioridad del enemigo parecía abrumadora y, poco a poco, el miedo comenzó a recorrer las filas.

Algunos miraban hacia el frente y contemplaban al ejército que tendrían que enfrentar.

Otros miraban hacia atrás y contemplaban los barcos. Y quizá allí estaba el verdadero problema.

Porque mientras aquellas naves permanecieran en la costa, todavía existía una posibilidad de escapar. Todavía podían retroceder.

Todavía podían imaginar que, si la batalla se volvía demasiado difícil, podrían abandonar las armas, correr hacia la playa, subir a los barcos y regresar a casa.

Las naves no eran solamente un medio de transporte. Eran la posibilidad de volver atrás.

Alejandro lo comprendió.

Comprendió que sus hombres no estaban luchando únicamente contra el ejército que tenían enfrente. Estaban luchando también contra algo mucho más difícil de vencer: el deseo de regresar a lo conocido cuando el futuro comienza a producir miedo.

Entonces tomó una decisión extrema. Esperó hasta que todos sus hombres hubieran desembarcado.

Y dio una orden que nadie esperaba: —¡Quemen las naves!

Durante unos instantes debió de producirse un silencio desconcertante.

¿Destruir voluntariamente la única posibilidad de regresar?

¿Destruir voluntariamente la única posibilidad de regresar?

¿Eliminar con sus propias manos aquello que podía salvarlos si eran derrotados?

¿Eliminar con sus propias manos aquello que podía salvarlos si eran derrotados?

Pero la orden había sido dada. Las antorchas comenzaron a encenderse.

El fuego alcanzó primero las velas. Después avanzó por los mástiles y las cubiertas. Las llamas crecieron rápidamente mientras el humo comenzaba a elevarse sobre la costa. Uno tras otro, los barcos que los habían llevado hasta allí empezaron a convertirse en enormes estructuras de fuego.

Los soldados contemplaban en silencio. Ante sus ojos no ardía solamente la madera. Ardía la posibilidad de retroceder. Ardía la ruta de escape. Ardía la seguridad. Ardía la tentación de abandonar.

Ardía aquella pequeña puerta que cada uno conservaba secretamente abierta por si las cosas salían mal.

Las llamas iluminaron el mar mientras las embarcaciones comenzaban a hundirse.

Entonces Alejandro reunió a sus hombres. Ya no había barcos detrás de ellos. Ya no había retirada posible.

Solamente quedaban dos direcciones: delante estaba el enemigo; detrás, el mar.

Y entonces les dijo: «Miren cómo arden nuestras naves. Graben esta imagen en su memoria, porque desde este momento ya no existe un camino para regresar. Si somos derrotados, ninguno volverá a su hogar. Ninguno abrazará nuevamente a su familia. Ninguno atravesará este mar de regreso a casa.

Por eso debemos vencer.

No hemos venido hasta aquí para buscar una salida. Hemos venido para conquistar una........

© El Universal