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Gaslight

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19.03.2026

Suena a adivinanza –y qué carajos–, pero es lo que está haciendo el Gobierno y es lo que pasa cuando un mediocre se resigna a su crueldad. ¿Qué es? Hay palabras en español, porque siempre las hay, para tratar de precisarlo: “embaucar”, “encandilar”, “trastornar”. Prefiero “gaslight”, “crear luz de gas” en inglés, porque retrata la manipulación psicológica que va enloqueciendo. Viene de la magistral película de 1944 en la que un marido que quiere quedarse con todo se dedica a hacerle creer a su esposa que ha perdido la razón: “Sí, por supuesto, eso es: estoy loca”, concluye ella en el falso final del drama. “Gaslight” es el término exacto, además, pues en tiempos de “guerras de narrativas” y “posverdades” se ha vuelto –lo dijo el diccionario Merriam-Webster en 2022– la palabra más útil del mundo: “gaslight” es lo que está haciendo el Gobierno.

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En pleno viacrucis a la primera vuelta de las elecciones, cuando se repiten abracadabras e insensateces en contra de ciertos derechos para sonar más manoduras y en contra de ciertas libertades para sonar más progresistas –y los intelectuales de redes, que por obra y gracia se juran tribunales de cierre, hacen malabares para justificar los excesos de sus candidatos–, el “gaslight” no solo es una lengua, sino también una estrategia de mediocres crueles, un hábito con saña, pero un hábito a fin de cuentas. Y como el Gobierno anda de cabeza en la campaña, en contravía del artículo 127 de una Constitución Política que sigue siendo un triunfo de esta democracia tambaleante, entonces se la pasa tratando de hacernos creer que estamos locos: “Sí, por supuesto, eso es”.

Según ellos, todo está bien. Y tenemos que estar locos –ser esos centristas diabólicos que en verdad son derechistas sonrientes– para no aceptarlo. ¿Cómo es posible que, de tanto contar víctimas de la indolencia, no hayamos notado los avances de nuestras redes de médicos anónimos? Según ellos, esta presidencia no arrasó de modo cruel e inclemente con el sistema de salud que teníamos, que podía corregirse sin borrarse, como hundiendo un barco lleno de familias urgidas porque no era un barco de los suyos. Y no, los hogares de 2025 no gastaron en remedios diez billones de pesos más que los de 2022. Y no, los pacientes de las EPS del Gobierno no se desploman en las calles, ni ruegan por sus medicamentos en umbrales ni protestan en las plazas a ver si salvan en el último día a sus parejas o a sus padres o a sus hijos.

Tenemos enfrente una debacle sanitaria, pero nadie nos la va a creer, claro, somos los locos.

¿Cómo se nos va a ocurrir que el niño Kevin Acosta, paciente con hemofilia, no murió por andar por ahí montando en bicicleta, sino por culpa de la negligencia de la EPS del Gobierno? ¿Cómo nos atrevemos a pensar que el joven Jeisson Pinzón, paciente con leucemia, falleció esperando que esa misma prestadora de salud le autorizara su tratamiento? ¿Con qué estómago revuelto e injusto se nos viene a la cabeza la sola posibilidad de que estas muertes evitables tengan algo que ver con el fracaso estruendoso de las interventorías del Estado? ¿Por qué osamos pensar que la culpa no es solo de la ley de seguridad social de 1993, ni de los ladrones del sistema, sino de un Gobierno del pueblo, lleno de funcionarios libres de EPS, que apenas cumple cuatro años en el poder? Porque estamos locos: “Sí, por supuesto, eso es”.

Tenemos enfrente una debacle sanitaria, pero nadie nos la va a creer, claro, somos los locos. RTVC republicó la propaganda, compartida por el Presidente en sus redes, de los “diez mil equipos de salud que ya han llegado a ocho millones de hogares”, y quién dice que no, y es hora de respirar hondo con la ilusión de que este sea el falso final del drama y el “gaslight” sea descubierto justo a tiempo. Pero a ratos entran ganas de gritar.

www.ricardosilvaromero.com

(Lea todas las columnas de Ricardo Silva Romero en EL TIEMPO, aquí)


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