A Salvo
Salvo Basile tenía unas manos enormes, casi tan grandes como su corazón. Cuando yo lo conocí, a mis diez años, él solía abrazarme y me daba dos besos, a la italiana, pero lo que más recuerdo es eso: sus manos gigantes y fuertes que parecían cubrirlo todo. Yo lo adoraba por como me protegía y me cuidaba, y porque fue la primera persona en la vida, creo, que me trató como a un igual, no como a un idiota por el solo hecho de ser un niño.
Ambos estábamos en la misma telenovela, Calamar, un delirio surrealista de Bernardo Romero Pereiro que transmitía Caracol todas las noches mientras en Colombia estallaban las bombas. Su personaje, El Herrero, era una especie de jayán napolitano que iba al bar en el que yo trabajaba sirviendo tragos y prendiendo cigarrillos, háganse cargo de la incorrección política de la época, el bar de Martina la Peligrosa.
Martina la Peligrosa era Teresa Gutíerrez, otro ser hermoso e inolvidable que fumaba sin parar y decía diez........
