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Violencia delirante

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20.04.2026

En el registro diario y doloroso de los hechos de violencia hay episodios que rayan en lo inverosímil, que se escapan de cualquier intento de predecir la ocurrencia del delito.

Es el caso de la impresionante tragedia ocurrida el sábado pasado en el barrio Los Laches, en el oriente de Bogotá, donde se adelantaba el rodaje de una producción audiovisual. Lo que debía ser una jornada normal de trabajo terminó en un drama absurdo y doloroso. Según las versiones conocidas, un hombre de 24 años atacó, sin mediar palabra, a un integrante del equipo de producción que conversaba en la vía pública. Otro trabajador que acudió en su ayuda también fue agredido. Ambos murieron por la gravedad de las heridas. Una tercera persona permanece en estado crítico. El agresor falleció en medio del confuso enfrentamiento que se dio posteriormente. Un encadenamiento de hechos tan súbito como devastador.

Hay que decirlo: más absurdo y más doloroso no puede ser. Pero lo anterior no impide advertir que quedarse en la conmoción o en la simple condena resulta insuficiente. Este tipo de hechos interpela de manera directa a la sociedad y obliga a mirar más allá de la superficie.

Uno de los primeros elementos que emergen es la persistente debilidad en la atención de la salud mental. No es un asunto menor ni aislado. La información preliminar apunta a que el atacante tenía antecedentes de episodios de agresividad y posibles trastornos no tratados de manera adecuada. Si a ello se suma el consumo problemático de sustancias, el resultado es una combinación de alto riesgo que, sin intervención oportuna, puede desembocar en tragedias como esta.

La ciudad –y el país– no pueden resignarse a que la violencia homicida irrumpa de manera imprevisible en cualquier escenario.

Así las cosas, el debate sobre seguridad no puede limitarse al aumento de pie de fuerza o a la reacción posterior de las autoridades, aspectos ambos necesarios, claro. Hay que decir que también involucra la prevención, el seguimiento y el tratamiento de problemáticas que, aunque menos visibles, son igual de determinantes. Una política integral de seguridad pasa necesariamente por fortalecer la red de atención en salud mental.

Pero lo anterior no agota el análisis. Porque otro componente que aparece de manera recurrente es el acceso a armas, en este caso blancas, que siguen circulando con una facilidad inquietante. Se retienen miles cada año, es cierto, pero no es suficiente. La posibilidad de que un ciudadano porte un arma sin control convierte cualquier altercado, o incluso una agresión sin explicación, en un episodio potencialmente mortal.

Con todo, hechos recientes como el asesinato de un joven estudiante en una estación de TransMilenio recuerdan que no se trata de un caso aislado. Hay un patrón de violencia que encuentra múltiples detonantes, pero que comparte un mismo desenlace: la pérdida irreparable de valiosas vidas y que incluye también la reacción de las víctimas y sus allegados, que, como en este episodio, da pie a otro drama.

En suma, la tragedia de Los Laches es un llamado urgente a redoblar esfuerzos. Se requieren más controles y una apuesta decidida por la prevención en todos los frentes. La ciudad —y el país— no pueden resignarse a que la violencia homicida irrumpa de manera imprevisible en cualquier escenario y enlute familias enteras. Hay que actuar sin demora.


© El Tiempo