Compás de espera
La sorpresiva salida del sombrío y cuestionado Vladimir Padrino López del Ministerio de Defensa en Venezuela, por decisión de la encargada del gobierno, Delcy Rodríguez, no es un movimiento menor ni aislado. Es la señal más clara hasta ahora de que el régimen chavista atraviesa un proceso de reacomodo interno, obligado por circunstancias extraordinarias bien conocidas, pero guiado por una lógica que, a juzgar por las señales vistas hasta ahora, no necesariamente apunta a un pronto cambio democrático.
Durante 12 años el general Padrino, por quien EE. UU. ofrece una recompensa de 15 millones de dólares, fue uno de los pilares de la estructura de poder que sostuvo a Nicolás Maduro. Su permanencia, incluso en medio de crisis profundas, a juicio de conocedores, simbolizaba la muy bien lograda cohesión entre el poder político y el militar. En este orden de ideas, la destitución no solo marca el fin de una era, sino que evidencia que ese equilibrio se está replanteando.
Es claro que no estamos ante una transición en el sentido habitual del término. Lo que puede estar ocurriendo es más bien una reorganización del poder dentro del mismo régimen. Los movimientos impulsados por Delcy Rodríguez, que incluyen también la probable extradición de Álex Saab y el nombramiento del general Gustavo González López en la cartera de Defensa, parecen responder más a la necesidad de consolidar una nueva base de lealtades que a la intención de desmontar el andamiaje autoritario.
Venezuela está en un momento en el que los movimientos del poder deben ser observados con atención, pero también con cautela.
Pero en todo caso sería un error desestimar por completo el momento. Los reacomodos internos en sistemas así pueden abrir ventanas de oportunidad. Sin embargo, hay que decirlo con claridad: esas ventanas solo serán reales si conducen a decisiones concretas que apunten al restablecimiento de la democracia. Y eso pasa, inevitablemente, por la convocatoria de elecciones libres, con garantías, con observación internacional y con la participación sin restricciones de figuras como María Corina Machado.
Por ahora, tristemente, ese horizonte está lejos de ser evidente. No solo porque el nuevo ministro de Defensa ha sido señalado por violaciones de derechos humanos a su paso por el Sebín, lo que genera serias dudas sobre su idoneidad para liderar un proceso de apertura, sino porque el conjunto de los cambios parece orientado más a preservar el poder que a transformarlo.
Pero hay cambios que mueven el tablero del gobierno. Y, con todo, conviene evitar tanto el escepticismo absoluto como el optimismo ingenuo. Lo prudente es abrir un compás de espera. Venezuela está en un momento en el que los movimientos del poder deben ser observados con atención, pero también con cautela. La salida de Padrino, señalado de ser una pieza clave del cartel de los Soles, puede ser el inicio de algo distinto, sí, pero solo lo será si se traduce en más hechos verificables de una transición clara y no en simples relevos dentro de la misma lógica de control y represión.
La pregunta pasa por si esta fase de reconfiguración del autoritarismo tiene o no el visto bueno de la Casa Blanca, en donde hoy están fincadas las esperanzas de un pueblo que pide a gritos democracia.
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