Imaginar una convención ciudadana sobre las lenguas
Opinión Imaginar una convención ciudadana sobre las lenguas
La lengua lo atraviesa todo, y abordarla desde un único punto de vista siempre resulta decepcionante. Inevitablemente, es convertirla en un conducto para algo, un intento —consciente o no— de disciplinar la realidad.
Decidir cómo debe ser y esperar que los cuerpos, las conciencias y las sociedades se plieguen a él, en lugar de promover la operación exactamente opuesta —a saber, permitir que el lenguaje se vea afectado por la realidad—, puede convertirse en totalitario. Rita Segato se alarmaba de esto hace cinco años en una intervención pública en el centro de estudios del Museo Reina Sofía, y no lo he olvidado desde entonces.
Creo firmemente que el lenguaje tiene mecanismos de defensa instintivos contra estas intenciones, y que nos protege aunque algunos se obstinen en negarlo. Su capacidad creativa que surge de dejarse impregnar por múltiples capas de la realidad; su porosidad ante cosas que a veces son tan inaudibles, pero en absoluto secundarias, y que en ocasiones nos obligan a comprender y en otras debemos escuchar con atención para poder leerlas de forma amplificada; su increíble capacidad de adaptación y mutación —generacional, contextual, expresiva— la convierte en una materia viva tan esquiva como absolutamente ineludible, con una presencia insistente. Un tábano maravilloso.
Estamos constantemente expuestos a él en soledad, nuestra incesante conversación con nosotros mismos es un ejercicio que sospecho inevitable. Deberíamos reunirnos tantas veces como sea necesario para mirar a este prodigio directamente a los ojos. Y ver qué sucede cuando lo hacemos juntos. Aceptar que las ramificaciones de esta conversación serán infinitas, y autorizarnos a hacerlo porque valdrá la pena ser exhaustivos por una vez. Observar que tal vez, antes de construir nada, necesitemos deconstruir mucho, y calcular hasta dónde. Sopesar qué vale la pena dejar en pie y qué es mejor derribar por completo. Renunciar a la urgencia. Admitamos que la comprensión genuina es lenta y surge de la intimidad, la conciencia, la experiencia y la reflexión de cada individuo, y que no podemos pretender ir a ninguna parte sin tener esto en cuenta. Abandonemos los planes quinquenales programáticos. Celebremos cada obstáculo que aparezca, pues nos señalará, uno a uno, los nudos que crea la relación entre los seres humanos y que a menudo disfrazamos o encubrimos con mil mecanismos más o menos sofisticados, más o menos bienintencionados. Abandonemos a los enemigos y a los chivos expiatorios. Abandonemos los argumentos de propiedad, cualquier noción de amenaza existencial colectiva, de peligro, porque las reacciones corren el riesgo de ser exageradas e........
