Nulo respeto a la atrocidad
Joan Cañete Bayle
Periodista
Periodista
Periodista y escritor. Director de Estrategia de la Oficina de Proyectos Editoriales de Prensa Ibérica. Entre otros trabajos, ha sido corresponsal de El Periódico en Jerusalén y Washington DC. Autor de las novelas 'Expediente Bagdad' (a cuatro manos con Eugenio García Gascón) y 'Parte de la Felicidad que Traes', y del ensayo sobre el conflicto palestino-israelí 'Muros, bosques, tumbas: Un periodista en Jerusalén'
El presidente de VOX, Santiago Abascal, interviene durante un pleno extraordinario, en el Congreso de los Diputados, a 9 de julio de 2025, en Madrid (España). / Eduardo Parra - Europa Press
Santiago Abascal, líder de Vox, ha acudido a X para tranquilizar a la sociedad española: “Están nerviosos. Ya están mintiendo y manipulando otra vez. Vox no ha dicho el número de (inmigrantes) que deben ser deportados, simplemente porque no lo sabemos. Son todos los que hayan venido a delinquir, todos los que pretendan imponer una religión extraña, todos los que maltraten o menosprecien a las mujeres, todos los que hayan venido a vivir del esfuerzo de los demás, y todos los menas, porque los menores tienen que estar con sus padres. No sabemos cuántos son. Cuando lleguemos al gobierno, lo sabremos. Y se irán todos”. En su tuit, le da espacio para usar uno de los argumentos habituales cuando se trata de deportar a gente o de concentrarla en campos o guetos: “Y los primeros en celebrarlo junto a los españoles serán los inmigrantes legales, los que cumplen las normas y respetan al país que les acoge”. Un clásico.
Abascal acusa a “ellos” de mentir. Alguna mente cándida podría pensar que Abascal está indignado porque le acusan en falso de querer deportar a gente por su origen étnico. No es así: eso es justamente lo que el líder de la ultraderecha española quiere hacer, ya que no se plantea expulsar del país ni despojar de la nacionalidad a españoles delincuentes, que profesen otras religiones que no sean el cristianismo, machistas, gorrones o que se hayan escapado de casa siendo menores. Antes que maltratadores de mujeres, son españoles.
La indignación de Abascal, la falsedad que denuncia, es que la diputada Rocío de Meer habló de ocho millones de personas cuando Vox aún no ha decidido la cifra. Igual son menos. O a lo mejor son más.
Isabel Díaz Ayuso ha criticado la idea por “populista”, entre otros motivos porque a ver cómo se organiza una deportación masiva. Y así, como quien no quiere la cosa, ya estamos hablando de los detalles de deportaciones: que si las cifras, que si las dificultades logísticas. Lo inimaginable, lo que no nos atrevíamos a verbalizar, ya forma parte de nuestra conversación.
Al otro lado del Mediterráneo, en Gaza, sucede lo mismo, con la diferencia de que allí, además, se ha constatado la facilidad con la que de las palabras se pasa a los hechos. El ministro de Defensa, Israel Katz, ha explicado los planes de construir una "ciudad humanitaria” en las ruinas de la ciudad de Rafah (destruida por su ejército) para acoger primero a 600.000 palestinos y después a toda la población, que antes de la guerra ascendía a unos dos millones de personas. Una vez allí, los palestinos no podrían salir, si no es para no regresar jamás a Gaza.
No hace falta saber mucha historia para buscar referentes históricos de zonas en las que se concentra a la fuerza a miles de personas, condenadas a no poder salir, expulsadas por un ejército de sus casas destruidas, su tierra ocupada por los militares. También entonces se las llamaba zonas humanitarias, de tránsito, regalos de las fuerzas ocupantes a la población.
Vuelven a nuestra conversación palabras, conceptos, discusiones que creíamos desterrados. Como décadas atrás, las palancas de la propaganda (el principio de simplificación y del enemigo único; el de deshumanización del otro; el del método de contagio; el de la exageración y desfiguración; el de orquestación; el de victimización del culpable y culpabilización de la víctima) ofuscan el discurso, complicado hasta la enésima potencia por la multiplicación de emisores y mensajes en las redes sociales. Hasta el punto de que los principios más básicos (los derechos humanos, la legalidad, la memoria de las atrocidades del pasado) se han difuminado en una neblina amoral y un laberinto de burbujas de atención.
No queda más que decir no, aunque sea una débil voz en la marabunta. Negarse siquiera a hablar de deportaciones. Adoptar la firme decisión de no contemplar ni la logística ni la cifra (¿ocho millones no y tres millones sí? ¿Qué tal millón y medio?). Plantarse y afirmar que deportar, bombardear y matar a miles de personas, y levantar campos de concentración son crímenes injustificables bajo cualquier prisma. Y afirmar que quienes votan a partidos que promueven la deportación y apoyan a países que bombardean y conciben campos de concentración no merecen respeto democrático, sean ciudadanos de a pie, políticos o estados.
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