menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Cursilería distópica

13 0
02.05.2025

Joan Cañete Bayle

Periodista

Periodista

Periodista y escritor. Director de Estrategia de la Oficina de Proyectos Editoriales de Prensa Ibérica. Entre otros trabajos, ha sido corresponsal de El Periódico en Jerusalén y Washington DC. Autor de las novelas 'Expediente Bagdad' (a cuatro manos con Eugenio García Gascón) y 'Parte de la Felicidad que Traes', y del ensayo sobre el conflicto palestino-israelí 'Muros, bosques, tumbas: Un periodista en Jerusalén'

Un teléfono móvil sin señal durante el apagón de red eléctrica / María José López - Europa Press

En este siglo distópico (pandemia, fenómenos meteorológicos extremos y, ahora, un apagón total generalizado) ya estamos aprendiendo un cierto patrón de conducta: tras el impacto (el confinamiento, el zarpazo letal de la crecida de las aguas, la desaparición de la electricidad), nos proponemos aprender las lecciones, reformar todo lo reformable, evitar que vuelva a suceder. Nos conjuramos no solo a ser más racionales en nuestra legislación, urbanismo o protocolos de protección civil, sino a ser más empáticos, mejor sociedad y mejores personas, a disfrutar de aquello que realmente merece la pena (la compañía, la solidaridad, la amistad) y a renunciar a tanta toxicidad cotidiana que a menudo imputamos a las pantallas, las prisas, el estrés y otros enemigos de nuestro bienestar que parecen fenómenos exógenos, ajenos a nuestra voluntad y nuestras decisiones.

Se trata de una especie de cursilería o papanatismo distópico, que en el caso del apagón se ha reflejado en una suerte de anacronismo comunicacional. Lo hemos visto en incontables comentarios, posts, artículos y conversaciones en los que se han elogiado los viejos transistores a pilas, las cenitas con velas en el balcón de casa, los corrillos en las calles de gente charlando sin consultar cada 37 segundos su móvil, la admiración por las multitudes que se congregaron en los parques o los paseos marítimos a ver el atardecer del espléndido día de primavera en que el sistema eléctrico decidió fundirse a cero durante unos catastróficos segundos. En esas conversaciones hay burlas hacia los adolescentes que, de repente, conocieron el aburrimiento de la vida sin datos, e incluso pena por aquellos que menudearon centros comerciales o grandes establecimientos en busca de unas pocas barras de wifi. De aquí a unos meses, hacia Navidades, no es difícil apostar que hablaremos del 'baby boom' del apagón. El móvil, ese aparato que todos tenemos, parece la fuente de nuestros males.

De creer a sus mayores, esos adolescentes que se sintieron huérfanos de móvil deben de pensar que en los 80, cuando no había móviles, por las tardes era habitual reunirse en corros en parques y plazas alrededor de transistores para escuchar las noticias o los partidos de tu equipo; que los viernes por la noche los portales en las grandes ciudades se poblaban de mesas improvisadas cubiertas por manteles de cuadros rojos y blancos en las que los vecinos compartían tortillas, ensaladas y patatas bravas; que en los parques y los paseos (muchos de los que hay hoy no existían) se agolpaban las parejas de la mano, para ver los atardeceres sin molestos turistas autofotografiándose.

De esta saldremos mejores, más solidarios, empáticos, sabiendo discernir lo importante de lo accesorio, nos dijimos durante la pandemia, cuando alcanzamos la cima de la cursilería distópica. Convertimos el salón de los pisos en espacios de cambio, las 'party line' por Zoom en foros transformadores de debate y nos convencimos de que los aplausos de homenaje en los balcones a las ocho de la noche se plasmarían en más recursos y mejores condiciones de trabajo para los sanitarios en cuanto pasara la emergencia.

No fue así, de la misma forma que no parece que la dana haya generado un debate profundo sobre las decisiones duras que hay que tomar en urbanismo ante las amenazas del cambio climático, ni tiene pinta de que el apagón dé lugar a un debate constructivo sobre las fortalezas y debilidades de nuestro modelo energético. Las pequeñas acciones individuales sumadas se pueden convertir en fenómenos sociales puntuales, pero es a través de la acción política organizada como realmente se cambian realidades. Del balcón de casa al Congreso hay un trecho que socialmente no se cubre.

No se logrará con este posturismo anacrónico en el que las generaciones no nativas digitales se han instalado, con su anhelo de regresar a un paraíso analógico que nunca existió como receta para combatir los numerosos efectos negativos de esta sociedad interconectada de las pantallas en la que vivimos. Mitificar el pasado es fatuo, además de un fraude intelectual; lo útil sería aceptar que el mundo hoy es digital y contribuir a reducir o eliminar sus efectos perniciosos, que los tiene y son graves. Las pilas están bien, pero móviles inmunes a un apagón hubieran estado mejor.

Suscríbete para seguir leyendo

Noticia guardada en tu perfil

Ver noticias guardadas


© El Periódico de España