Adiós a la idea ilustrada de ciudadanía
Joan Cañete Bayle
Periodista
Periodista
Periodista y escritor. Director de Estrategia de la Oficina de Proyectos Editoriales de Prensa Ibérica. Entre otros trabajos, ha sido corresponsal de El Periódico en Jerusalén y Washington DC. Autor de las novelas 'Expediente Bagdad' (a cuatro manos con Eugenio García Gascón) y 'Parte de la Felicidad que Traes', y del ensayo sobre el conflicto palestino-israelí 'Muros, bosques, tumbas: Un periodista en Jerusalén'
Sara Fernández
El tiroteo de esta semana en una escuela católica de Minneapolis lo ha cometido una persona trans. Todavía se investigan las motivaciones, aún se cuentan las víctimas y en las trincheras conservadoras y ultras (en las redes y fuera de ellas) ya se ha celebrado el juicio sumario habitual: el colectivo trans es señalado como culpable colectivo, como antes sucedía cuando el tirador era musulmán. No se culpabiliza al acceso casi irrestricto a las armas, a la glorificación cultural de la violencia ni a la acumulación de discursos de odio. El crimen es un campo de batalla donde lo esencial —los niños asesinados, el acceso a las armas— cede el foco a la identidad de género de la asesina.
Este verano, la actriz Sidney Sweeney ha sido uno de los nombres propios de la conversación en Estados Unidos. La campaña de publicidad que protagonizó para American Eagle y el juego entre “good jeans/good genes” (buenos tejanos/buenos genes) la convirtieron en una musa del movimiento MAGA. Para los progresistas, la actriz es el rostro (y el cuerpo) banal de un eslogan que jugaba con resonancias eugenésicas y supremacistas. Para los conservadores, se trataba de lo opuesto: la encarnación luminosa, en una de las chicas del momento, de la belleza “auténticamente americana”, libre de discursos incómodos. A su rebufo, empezaron a aparecer vídeos de muchachas de fraternidades universitarias que colgaban en redes bailes colectivos como si el ADN nacional pudiera celebrarse en TikTok. Unos veían supremacismo implícito, otros identidad patriótica orgullosa. Unos denunciaban, otros aplaudían. Todos ellos parapetados en sus trincheras, abrigados en sus banderas.
La guerra cultural es una guerra de identidades, con sus víctimas, inocentes, culpables y daños colaterales. Los antiguos nacionalismos territoriales y la añeja conciencia de clase ya no bastan como referentes identitarios en una sociedad muy compleja y fragmentada en burbujas de atención; ahora conviven con múltiples identidades de género, de etnia, de religión, de ideología. Un tiroteo ya no es un problema de armas, sino de banderas identitarias. Un anuncio ya no es un anuncio, sino un campo de batalla donde se dilucida el alma de la nación. La conversación pública está fragmentada en trincheras: cada bando agazapado detrás de su símbolo, cada diferencia vivida como una amenaza existencial.
Estas identidades se entremezclan entre ellas, no son puras. El sionismo, con raíces en los nacionalismos del XIX, se erige como puño de hierro de quienes sienten el islam como una amenaza personal en sus barrios, en el centro de salud o en la concesión de ayudas sociales. El trumpismo, heredero del aislacionismo nativista, ha adoptado la retórica anti-woke como nueva bandera. A la izquierda y a la derecha, las banderas se superponen y tejen una inexpugnable cárcel identitaria.
Las celdas identitarias, por distintas que sean sus orígenes y motivaciones, contribuyen a enterrar la idea ilustrada de ciudadanía. La ciudadanía fue el artefacto político que permitió salir de guerras religiosas y absolutismos dinásticos, y el mejor antídoto ante el nacionalismo, causante de las grandes tragedias del siglo XX. Ciudadanos iguales ante la ley, sujetos a los mismos deberes y derechos, independientemente de origen, etnia o creencias. Ese concepto común es la argamasa de la democracia liberal. Sin él, no existe el concepto de bien común. Sin él, cada identidad se convierte en la única, cada colectivo exige su cláusula de independencia, desde el hombre blanco de 50 años que se siente culpabilizado hasta las siglas infinitas del arcoíris.
La diversidad y la pluralidad, riqueza de nuestras sociedades, y la exigencia de igualdad y derechos para todos los colectivos sin discriminación no son incompatibles con un concepto común de ciudadanía. O, al menos, no deberían serlo, pero a base de guerras culturales nuestra ágora pública se ha convertido en un paisaje de trincheras repleto de banderas hasta donde alcanza la vista.
A estas alturas deberíamos haber aprendido que cuando hablan las banderas, da igual cuáles y qué representen, y callan los ciudadanos, el bien común desaparece y a la democracia y a la convivencia se lo ponemos muy difícil.
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