La próxima crisis podría venir de los salarios más altos
La automatización siempre ha desplazado tareas, pero rara vez había apuntado tan directamente a los segmentos de ingresos altos de manera tan masiva.
Durante décadas hemos asociado el riesgo económico a los sectores más vulnerables: trabajadores poco calificados, empleos manuales o industrias en declive. Sin embargo, un informe reciente de Citrini Research —titulado The Global Intelligence Crisis of 2028— plantea una hipótesis incómoda: esta vez el riesgo podría concentrarse precisamente en quienes hoy parecen más seguros.
La razón es simple y perturbadora. La inteligencia, que históricamente ha sido un recurso escaso y caro, comienza a volverse abundante y barata gracias a la inteligencia artificial. Y cuando algo deja de ser escaso, deja de sostener precios altos. En términos laborales, eso significa presión sobre los salarios que dependen principalmente de capacidades cognitivas: abogados junior, analistas financieros, programadores, diseñadores, consultores, personal administrativo especializado y buena parte de la llamada “clase profesional”.
El problema no es solo laboral. Es financiero y al analizarlo con un poco de profundidad se pueden prever resultados por decirlo de alguna forma inquietantes.
Durante años, el sistema crediticio ha considerado a estos trabajadores como de bajo riesgo. Son precisamente ellos quienes concentran hipotecas grandes, créditos de consumo elevados y compromisos financieros de largo plazo. Bancos y aseguradoras han asumido con lógica histórica que sus ingresos eran relativamente estables. Pero si la automatización comienza a afectar primero a los trabajos intelectuales, esa premisa podría quebrarse.
No sería la primera vez que una crisis nace en un lugar aparentemente seguro. La crisis subprime de 2008 no comenzó en los activos más riesgosos, sino en instrumentos que habían sido percibidos como diversificados y confiables. La diferencia es que ahora el shock no vendría del sistema financiero hacia la economía real, sino al revés: desde el mercado laboral hacia el sistema financiero.
Imaginemos el escenario. Profesionales con ingresos altos enfrentan reducciones salariales, contratos más precarios o reemplazo parcial por sistemas de IA. Las cuotas hipotecarias, calculadas bajo condiciones de estabilidad, comienzan a tensionarse. El problema no sería masivo al inicio, pero bastaría con un deterioro moderado en este segmento para generar efectos en cadena: menor consumo, aumento de morosidad y presión sobre instituciones financieras que habían considerado estos préstamos como de bajo riesgo.
La hipótesis puede parecer exagerada hoy, pero tiene una lógica económica clara. La estabilidad de un sistema depende de supuestos sobre el futuro. Cuando esos supuestos cambian rápido, lo que parecía sólido puede volverse frágil. Como advertía Joseph Schumpeter, el capitalismo avanza mediante un proceso de “destrucción creativa”, una dinámica en la que la estructura económica se revoluciona desde dentro, destruyendo incesantemente la antigua y creando continuamente una nueva.
En ese contexto, incluso los sectores que hoy parecen más estables pueden convertirse en los más expuestos cuando cambia la base tecnológica que sostenía su valor.
Existe además un segundo frente menos discutido: la ciberseguridad.
Durante años, la industria ha crecido bajo una premisa fundamental: la complejidad tecnológica aumenta más rápido que la capacidad humana para gestionarla, por lo que las empresas necesitan proveedores especializados. Sin embargo, la aparición de sistemas de seguridad autónomos como los que comienzan a desarrollarse sobre grandes modelos de lenguaje que podrían alterar esta ecuación.
De hecho, el mercado ya ha mostrado señales de esta tensión. En semanas recientes, varias empresas de ciberseguridad que cotizan en bolsa experimentaron caídas relevantes en su valoración sin que mediara un incidente de seguridad, una filtración masiva ni errores operativos, estos factores que históricamente explicaban este tipo de correcciones.
Bastó con que sistemas de IA demostraran capacidad para identificar vulnerabilidades complejas, incluso algunas que nunca habían sido explotadas en el mundo real, para que los inversionistas comenzaran a cuestionar cuánto del valor futuro del sector depende realmente de equipos humanos altamente especializados.
Si herramientas basadas en IA permiten detectar vulnerabilidades, corregir configuraciones y responder incidentes de manera automatizada, parte del valor agregado de las empresas tradicionales de ciberseguridad podría comprimirse.
No significa que la ciberseguridad desaparezca. Significa que podría transformarse en algo menos intensivo en mano de obra altamente remunerada, con efectos similares a los que ya se observan en el desarrollo de software: más productividad, pero menos necesidad de grandes equipos humanos.
Al mismo tiempo, en el mundo de la tecnología operacional (OT) existe otro cambio silencioso. Históricamente muchas vulnerabilidades no se explotaban debido a la baja exposición de estos sistemas a internet, pero esa condición está cambiando rápidamente con la creciente interconexión industrial, lo que abre un nuevo frente de riesgo que probablemente exigirá soluciones híbridas entre automatización y experticia humana especializada.
Existe aquí una paradoja evidente: la inteligencia artificial podría convertirse en presa de su propio éxito. El riesgo no proviene de una tecnología que funcione mal, sino de una que funcione demasiado bien, erosionando precisamente las bases económicas que la sostienen. Como advertía Marx, el capitalismo llevaba en su propia lógica la semilla de su destrucción; hoy podríamos estar viendo una versión tecnológica de esa intuición, donde la automatización, al maximizar la eficiencia, termina debilitando el poder adquisitivo humano del que depende el sistema.
La automatización siempre ha desplazado tareas, pero rara vez había apuntado tan directamente a los segmentos de ingresos altos de manera tan masiva. En el pasado, los cambios tecnológicos solían afectar oficios específicos, como ocurrió con los estibadores que cargaban mercancías en los barcos y que quedaron prácticamente desplazados con la invención de los contenedores, pero ahora el alcance potencial abarca simultáneamente múltiples profesiones basadas en conocimiento.
Si esta tendencia se acelera, podríamos enfrentar una paradoja económica: aumentos de productividad que no necesariamente se traduzcan en mayores salarios nominales, pero que sí reduzcan el costo de vida. Como ya advertía Adam Smith, la riqueza de una nación no depende del dinero que posee, sino de los bienes y servicios que puede ofrecer a sus habitantes.
En ese sentido, incluso con ingresos estancados, una sociedad podría volverse más próspera si la tecnología abarata el acceso a lo esencial. Sin embargo, la transición hacia ese equilibrio no está exenta de tensiones, especialmente cuando las estructuras financieras siguen basadas en expectativas de ingresos que podrían cambiar más rápido que los precios.
El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.
