Si no volvemos a la democracia, viviremos en un eterno caos
Esto nos está pasando a los colombianos, que “teníamos” un vecino portentoso en todos los renglones de la economía y en el progreso, sin embargo, en casi tres décadas de un gobierno semejante al que hoy vivimos en manos del presidente Petro quien ha querido implantarnos un régimen igual al que ha dejado a nuestros vecinos en la más alarmante pobreza.
Los seguidores del petrismo, parecen que nunca se han detenido en mirar por un segundo el espejo retrovisor, donde se nota la situación degradante que implantaron en ese país los gobiernos de Chavez y Maduro.
Quienes no somos petristas, estamos convencidos que un gobierno similar al que hoy padecemos, creemos que el país arrancará al abismo de escándalos y miserias en que agoniza, es obra de extraordinaria energía, de inquebrantable perseverancia, de solicitud infatigable de abnegación que llegue hasta el sacrificio; solicitud y abnegación, perseverancia y energía que no es potestativo de los gobernantes emplear o no emplear, sino que constituyen deber de esencialísimo obligación sagrada, de cuyo cumplimiento pedirá estrecha cuenta Dios, la República y la historia.
El poder no es una alegoría diga lo que quiera la revolución, ni tampoco una dádiva graciosa ni una investidura honorífica, es una carga que impone Dios, interviniendo legítimamente la comunidad, y que lleva consigo tremendas responsabilidades.
No en vano se ha establecido la autoridad entre los hombres, ni en vano es el gobernante árbitro de los destinos de una nación. No en vano ciñe el poder la espada. Agrandes males es forzoso aplicarles grandes remedios: y la nación colombiana cansada de utopías y de teorías ampulosas. empobrecida y desangrada, cubierta de harapos y de afrentas reducida a los extremos de la desaparición, pide clamorosamente, pide con perfecto derecho y espera por instantes el remedio supremo: remedio que consiste en el ejercicio de un poder tan honrado como fuerte, fuerte por la justicia, fuerte por la energía y por la inquebrantable fe con que ha de hacer cumplir sus decisiones.
Sí alguna semejanza suministra la historia, que acostumbra a darlas tan elocuentes, a veces por desdicha tan mal interpretadas, esa enseñanza es que los que dicen llamarse revolucionarios, nunca se han parado en el camino de las concesiones, la que echando por ese camino no hay poder que no se haya derrumbado, mucho menos ninguna nación ha llegado a consolidarse firmemente y a engranarse sino mediante la disciplina de una educación severa, vigorosa y represiva.
Juzguemos que la situación del país es de la más alarmante gravedad, es necesario que el ciudadano haga gran raciocinio y que le quede claro que el porvenir no está en manos, de aquellos “revolucionarios” que no dejarán de acumular combustible para incendiar nuevamente el país.
