¿Primero la economía o la transición?
Durante más de tres décadas, una máxima resumió buena parte de la estrategia electoral moderna en Estados Unidos: It’s the economy, stupid. James Carville la acuñó durante la campaña presidencial de Bill Clinton en 1992. Sin embargo, en una entrevista concedida a Fox News el pasado 3 de julio sorprendió al reconocer que hoy lamenta haber reducido el debate político a aquella fórmula. Frente al deterioro institucional y la corrupción —afirmó— la economía ya no basta para explicar las prioridades de una sociedad.
La reflexión de Carville trasciende la política estadounidense. Su máxima nació en una democracia con instituciones sólidas, donde la independencia judicial, la libertad de prensa, la alternancia en el poder y el respeto por las reglas del juego no estaban en discusión. En ese contexto era comprensible que la economía ocupara el centro del debate público. Pero cuando las instituciones se debilitan, la corrupción se expande, los derechos humanos dejan de respetarse y el Estado de derecho se erosiona, la fortaleza institucional vuelve a convertirse en la condición indispensable para el desarrollo económico.
Venezuela ilustra con claridad ese cambio de perspectiva. El debate suele plantearse como una elección entre estabilizar la economía o impulsar una transición política que permita celebrar elecciones libres. Ambas posiciones parten de una preocupación legítima, pero comparten un mismo supuesto: que la economía, la política y las instituciones pueden avanzar por caminos distintos. La experiencia histórica demuestra exactamente lo contrario.
En efecto, toda reforma económica profunda requiere confianza. Los inversionistas, nacionales y extranjeros, no solo evalúan indicadores macroeconómicos. También observan la independencia de los tribunales, los niveles de corrupción, la seguridad jurídica, la estabilidad de las........
