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Silencio forzado del migrante

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12.06.2026

Uno de los recuerdos más bonitos que tengo de mi abuelita es verla juntar sílabas en voz alta mientras hacía su tarea. Tenía más de 60 años cuando se inscribió en la escuela nocturna. De niña, cuando tomábamos el transporte en Ciudad de México, ella me pedía ayuda sin revelar su secreto: “Hija, me avisas cuando venga el micro de la cartulina verde” o “dime cuando lleguemos a la imagen del caballito para bajarnos”. Por años ignoré que no sabía leer ni escribir, así que me sentí muy orgullosa de ella cuando se inscribió en la escuela de adultos, sin saber que décadas después el destino me sentaría en un pupitre similar.

Hace cinco años, en mayo de 2021, mi esposo y yo aterrizamos en Winnipeg, Manitoba. Al pisar suelo canadiense, me convertí en un espejo de mi abuela: una mujer buscando señales para no perderse en el mapa de una nueva geografía.

Para una periodista que ha hecho del habla su modo de vida, el silencio forzado de la migración fue una helada bofetada. Mudarse de país es, en muchos sentidos, una regresión intelectual. De pronto el lenguaje que antes era........

© El Financiero