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El factor T de las letras

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Los criterios que regían la literatura clásica eran la belleza, lo sublime, el estilo, la economía de palabras y elementos en la composición, la verosimilitud del argumento y la capacidad de las obras, especialmente del drama, para obrar catarsis en el auditorio, una suerte de terapia encaminada a exorcizar nuestros demonios y convertirnos en mejores personas. Con los siglos, estos factores han sufrido ajustes y fracturas.

La verosimilitud –que estaba asociada con la lógica, con la coherencia interna del relato y sobre todo con la destreza del escritor para hacerlo creíble– sufrió la revolución iniciada por dos cuentos, Wakefield de Nathaniel Hawthorne y Bartleby, el escribiente, de Herman Melville. Esta revolución alcanzó su apogeo con las atribulaciones del señor K y de Gregorio Samsa, criaturas de Franz Kafka, el duendecillo checo que enloqueció las brújulas de la crítica literaria cuando puso el nudo en todas partes y la solución en ninguna. Fue una revolución clave porque lo absurdo de la vida se parece más al soberbio fresco de grises de la lógica moderna que al ordenado tablero de escaques negros o blancos del orbe aristotélico (esto lo expliqué mejor en otra columna, “

© El Espectador