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Salarios y beneficios: una pugna mal entendida

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20.03.2026

Hay debates que reaparecen cíclicamente, signo inequívoco de que nunca han quedado suficientemente conciliados. El de la distribución funcional de la renta es uno de ellos. Cada vez que la economía se desacelera o que la inflación erosiona el poder adquisitivo de las familias, regresa la misma pregunta: ¿quién se queda con qué? Y seguidamente surge la soflama acostumbrada: el capital avanza, el trabajo retrocede. La consigna progresa con desigual intensidad política, hasta confrontarla al veredicto de los datos, y aun después.

La renta nacional —el PIB medido por el lado de la renta— se distribuye en tres grandes agregados: la remuneración de los trabajadores, esto es los sueldos y salarios, el excedente bruto de explotación (EBE), donde se integran mayoritariamente los beneficios empresariales incluido el colectivo de autónomos y el Estado por el concepto de Impuestos netos sobre producción e importaciones menos subvenciones. En los últimos 25 años el tercer epígrafe ha resultado particularmente estable entre el 10 y el 11 % del PIB corriente. Omitiremos en lo que sigue este tercer concepto. La distribución funcional de la renta (DFR) determinará, en consecuencia, el peso relativo en el sistema de los dos restantes factores: salarios y beneficios empresariales. Los datos provienen de la Contabilidad Nacional del INE y de Eurostat, complementados con otros análisis recientes (Funcas, diciembre 2025).

Tiempo atrás, en España, la participación salarial alcanzó un máximo del 56,5 % del PIB. Era el año 1977. Ese dato suele invocarse como el clímax de un equilibrio distributivo favorable al trabajo. Pero aquel pico fue excepcional: los años 70 constituyeron una década sombría. Coincidieron en el tiempo la transición política, una inflación elevada, fuerte presión sindical y márgenes empresariales comprimidos en una economía cerrada y poco competitiva. A la crisis política del ocaso del franquismo se sumaron los shocks del petróleo de 1973 y 1979. El precio del crudo se multiplicó por cuatro, desatando una inflación de dos dígitos y una fuerte destrucción de empleo. La industria española, muy dependiente del petróleo, entró en crisis. No puede fijarse por tanto el de 1977 como un punto de equilibrio sostenible, sino un momento singular en pleno proceso de despegue de la economía española hacia la modernización.

Desde entonces, la cuota salarial descendió hasta mediados de los años noventa. La apertura exterior, la incorporación a la Unión Europea y la mayor competencia internacional alteraron la estructura productiva y reforzaron la rentabilidad del capital en sectores expuestos.

Centrémonos ahora en los datos del nuevo milenio. Tras la crisis financiera de 2008–2013, la recuperación del empleo impulsó la masa salarial desde el 45 % al 47 %. Entre 2019 y 2023, pese a la pandemia y al shock inflacionario, la remuneración de asalariados ha crecido con intensidad gracias al aumento del número de ocupados y a la actualización

de convenios. El INE cifra la masa salarial en más de 620.000 millones de euros en 2022, y la tendencia reciente sigue registrando una moderada recuperación del peso salarial respecto a los años previos. En 2025 la participación salarial alcanza un nuevo máximo cercano al 52 %, mientras que los beneficios empresariales se sitúan en torno al 37 %.

En consecuencia, en los últimos años la cuota salarial ha ganado terreno significativo gracias a la creación masiva de empleo, las subidas del SMI, la actualización de convenios privados y las mejoras en el sector público.

Según datos de la Contabilidad Nacional del INE y Eurostat, complementados por análisis recientes (incluido Funcas de diciembre 2025 y revisiones INE 2025-2026), esta participación ha alcanzado en 2025 niveles en torno al 52-54 %, con picos cercanos al 54 % máximo en aproximadamente 25 años, situándose entre los más altos del periodo post-2000 y representando una clara recuperación desde los mínimos de la crisis financiera -alrededor del 45 %- y una aceleración notable desde 2022. En paralelo, el excedente bruto de explotación y renta mixta han perdido peso relativo.

El primer Informe Anual del Consejo de la Productividad de marzo de 2026 confirma esta dinámica: desde 2018, el crecimiento acumulado de la remuneración real por hora trabajada (+7,7 %) ha superado al de la productividad por hora (+3,6 %), lo que refleja una mejora en la distribución de las ganancias de productividad en el corto plazo al tiempo que ha penalizado nuestra trayectoria de competitividad. Aunque la cuota laboral agregada sigue 1,4 puntos por debajo de 1999 y por debajo de niveles históricos de 1977, el repunte post-pandemia y el dinamismo del empleo asalariado reciente han permitido avances concretos en el peso relativo de las rentas del trabajo.

¿Por qué, entonces, esa sensación habitual de pugna y agravio entre los grandes factores de la producción nacional? Sencillamente, porque el debate suele formularse como si la evolución de la renta nacional fuese un juego de suma cero. Como si cada punto ganado por el capital fuese necesariamente un punto perdido por el trabajo. Pero la renta nacional puede crecer para ambos factores simultáneamente. Las proporciones pueden variar, pero el aumento de uno no exige la caída absoluta del otro.

El verdadero problema no es la pugna por el reparto, sino la debilidad del crecimiento de nuestra "tarta" nacional. Desde la gran crisis financiera, el crecimiento potencial español y europeo se ha reducido. La productividad avanza con lentitud.

En su obra seminal "Das Kapital", Karl Marx sostuvo que el capitalismo contenía contradicciones internas e insuperables: la creciente composición orgánica del capital —más maquinaria y menos trabajo conducirían inexorablemente a la sobreproducción. Con ella, el subconsumo generaría crisis recurrentes, la concentración del capital empobrecería relativamente al proletariado y agudizaría la lucha de clases. En el plano distributivo, la predicción era clara: la participación del trabajo tendería a deteriorarse estructuralmente y el sistema acabaría enfrentando a empresarios y trabajadores sin posible conciliación. La experiencia histórica no ha confirmado, sin embargo, dicho desenlace. La acumulación de capital y el progreso tecnológico no han reducido inexorablemente el peso del trabajo en la renta nacional. El problema contemporáneo no es una inexistente reducción estructural de la cuota salarial, sino la ralentización del crecimiento global.

Economistas contemporáneos como Thomas Piketty o Branko Milanovic han enriquecido el debate al analizar la desigualdad personal y patrimonial. Pero desigualdad individual no es sinónimo de pérdida sistemática del peso salarial en el agregado nacional. Tampoco desigualdad equivale a pobreza. La pobreza es un mal absoluto; la desigualdad es un fenómeno relativo cuya evaluación depende del contexto productivo y de la movilidad social.

Si algo muestra la historia reciente española es que capital y trabajo pueden avanzar juntos cuando la productividad crece y el empleo se expande. También muestra que cuando el crecimiento se estanca, el debate distributivo se vuelve áspero y moralizante. El reto no consiste en enfrentar permanentemente a salarios y beneficios, sino en ampliar la base productiva que sostiene a ambos. Sin inversión, sin innovación y sin cualificación, el botín crece poco y el reparto se convierte en un juego emocionalmente tenso. En Hong Kong o en Suiza los salarios son mucho más altos que en España porque también es más alta la cualificación y productividad de sus trabajadores.

En general, a nivel global, la mengua de la proporción salarial se ha producido en países con una mayor eficiencia de su capital productivo, por ejemplo, en Estados Unidos o en Alemania, mientras que ha sido menor en los países dependientes de servicios como el turismo y las finanzas, o de exportaciones de productos básicos. Una mayor caída en el precio relativo de los bienes de inversión provee a las empresas de incentivos más convincentes para reemplazar mano de obra por máquinas. De igual manera, gran parte de la caída de la participación de los salarios en la Renta Nacional puede atribuirse a una combinación del rápido progreso en las tecnologías de la información y las telecomunicaciones y una alta proporción de empleos fácilmente automatizables.

Otro factor de incidencia en la representación decreciente de los salarios en determinadas regiones lo ha constituido la integración mundial y el reparto o 'arbitraje' de las cadenas de valor a lo largo del planeta. Este movimiento globalizador ha ido subcontratando en el extranjero los productos más intensivos de mano de obra, reduciendo el valor salarial de la producción doméstica en dichos sectores. Así los países emergentes han ganado más con la globalización que las clases medias occidentales, en las que la suma de los salarios totales en algún caso ha decrecido. Los avances tecnológicos, la integración económica y la globalización han sido motores fundamentales de la prosperidad mundial. Pero no para todos por igual.

La justicia económica no se mide solo por la proporción del reparto, sino por la capacidad de generar renta suficiente para que todos los factores mejoren en términos reales. En ese terreno —el del crecimiento y la productividad— se decide el verdadero equilibrio al alza entre salarios y beneficios. Las conclusiones derivadas de la pugna entre ambos factores pierden gran parte de su significado.


© El Economista