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La ineludible responsabilidad compartida

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Lo acontecido recientemente en nuestro municipio fronterizo luego del hallazgo de los restos mortales de un infante de apenas año y medio de vida, asesinado a manos de su propia madre y al parecer con la complacencia de su propia familia, debe conducirnos inexorablemente a una profunda y decidida reflexión o introspección acerca de nuestras cualidades como seres humanos, así como de los principios que rigen nuestra presunta vida en sociedad. ¿En qué clase de personas nos estamos convirtiendo? ¿Qué clase de personas estamos formando al interior de nuestras familias y de nuestras escuelas? ¿Cuál ha sido nuestra política de vida en términos de convivencia humana? Y fundamentalmente ¿por qué continuamos buscando chivos expiatorios pretendiendo en ellos menguar nuestra responsabilidad ineludible ante el evidente fracaso civilizatorio?

Hace ya varios siglos que se planteó la pregunta acerca de la bondad y la maldad humana. La podemos encontrar inicialmente en El Leviatán (1651), del filósofo inglés Thomas Hobbes, cuando estudiaba el estado de la naturaleza humana, para llegar a la conclusión de que en efecto el ser humano era naturalmente egoísta y que por lo tanto nacía “malo” y era entonces la sociedad o bien, la civilización, quien lo conducía pedagógicamente hacia la bondad. Un siglo más tarde, otro filósofo, esta vez francés, Jean Jaqcues Rousseau, retoma aquel planteamiento fundamental en dos de sus obras, en el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (1754) y en Emilio o de la Educación (1762), donde al contrario de su colega británico, concluye que el ser humano es naturalmente bueno, pero la sociedad termina por corromperlo.

Hoy, casi 500 años después, la pregunta sigue abierta, pues al parecer no hemos alcanzado la certeza en su respuesta ¿somos buenos o malos por naturaleza? Si seguimos el curso de los acontecimientos tanto a nivel internacional, nacional y local, la gran mayoría de las noticias que recibimos a través de los diferentes medios de comunicación exponen la faceta más oscura del ser humano: guerras, asesinatos, vejaciones, traiciones, corrupción, terrorismo, canibalismo, etcétera. Todo esto indicaría que, en efecto, Hobbes tenía razón, que somos “malos por naturaleza” y que Rousseau era un optimista al pensar en la bondad originaria. Pero al aceptar la postura hobbesiana le restamos absoluta responsabilidad a la sociedad, a la cultura y a la presunta civilización que hemos construido a través de la historia. Entonces, siendo así, uno se preguntaría de qué ha servido todo el andamiaje institucional, la familia, la escuela, la religión, el Estado, si tales instituciones no han logrado erradicar la maldad humana.

Hemos asumido así que estas instituciones históricas y presuntamente civilizatorias han sido creadas para procurar el bien y que su esencia es en sí misma la bondad. De hecho, cuando se presentan situaciones humanamente aberrantes en donde se ha transgredido brutalmente la integridad física y/o emocional de nuestro prójimo, solemos mecánicamente responsabilizar inicialmente al perpetrador, ya sea tildándolo de “maldito” o utilizando cualquier otra expresión que refiera críticamente a la maldad expresada en sus hechos. Descartamos de inicio las causas de tales actitudes indignas y nos abalanzamos corrosivamente sobre el individuo señalado como culpable de determinada atrocidad. Nuestra primera reacción ante tales situaciones es siempre hobbesiana: el ser humano es “malo” y en sus acciones se manifiesta su naturaleza. Pero nuestro juicio y nuestra sanción es sólo específica y nunca (o rara vez) genérica. Es decir, es “malo” o “maldito” ese o esa, aquel o aquella que ha cometido un acto atroz en contra de otro u otra, pero yo, que lo señalo y lo juzgo y que no he cometido y no me considero capaz de cometer tales actos, estoy inconsciente y automáticamente eximido de cualquier responsabilidad. En conclusión: ese ser humano es malo, y sus actos lo evidencian, pero yo, simple observador y juzgador, no. Y como no soy “malo” entonces estoy del lado de “los buenos”, y desde ahí me siento legitimado a emitir mis juicios.

Luego viene, en esta mecánica analítica de la moral humana en clave maniquea, la postura roussoneana. Tras abalanzarnos sobre el culpable y pasado el periodo reaccionario de la ira, solo entonces complejizamos el análisis y dirigimos nuestra crítica observación hacia las instituciones que configuraban el entorno del culpable. Nos preguntamos por los yerros de su familia, por la incapacidad de las religiones de infundir una espiritualidad que nos aleje de la violencia y nos acerque a la fraternidad, por la ineficacia de las políticas gubernamentales, el fracaso de la vida escolar, las casi nulas oportunidades de desarrollo laboral, la predestinación del barrio en el individuo, entre muchas otras cosas que pueden llegar a corromper el comportamiento humano. Y a pesar de esta complejización del análisis de los hechos, como observadores y juzgadores seguimos manteniendo una orientación hacia la culpabilización específica, pero nunca genérica.

Todos somos responsables del fracaso civilizatorio en que nos hemos sumergido. No hay sólo un responsable o algunos responsables. Pretender que la responsabilidad la tienen unos cuantos por la evidencia de sus acciones y asumirnos solamente como presuntos críticos observadores y juzgadores es una clara manifestación de la deshumanización que nos ha llevado a tal fracaso. Y la deshumanización no es otra cosa más que el tratar de eximirnos moralmente de nuestra responsabilidad ante los hechos más atroces del ser humano. Hobbes y Rousseau hablaban de la naturaleza humana que a todos y todas nos atañe. Somos hombres y mujeres y nada humano nos debe ser ajeno.


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