El 'ateísmo kitsch' de las poses de izquierda
Al salir del cine, una de las espectadoras va comentándole a su compañero que si ella tuviera una hija que quisiera meterse a monja la llevaría de inmediato al psicólogo. "Si mi hija, o mi hijo, me dice que quiere cambiar de sexo, y mucho más si me confiesan que son homosexuales, yo lo entendería perfectamente y les ayudaría, pero lo de meterse en un convento sí que me preocuparía". La película que acabábamos de ver todos era ‘Los domingos’, la ganadora de los premios Goya, con una temática muy alejada de los estereotipos que suelen triunfar en ese público de directores, actores y actrices que asiste a la ceremonia. Se puede entender fácilmente porque en ese ambiente se reparten previamente consignas y chapitas como normas de comportamiento. No son muchos, pero hay algunos artistas que acaban desertando porque se les hace irrespirable. Entre empalagoso y mandón. Pasa con estas consignas homologadas, pasan de previsibles a absurdas hasta que se instalan en el patetismo. Como dijo Leonor Watling, que retrató bien ese ridículo: "Si voy a ir con una chapa de Palestina, ¿por qué no me pongo una de Ucrania? ¿Y por qué no me pongo una de Sudán? ¿Y qué hago aquí? ¿Y por qué no me quedo en mi casa? Respeto mucho lo que cada uno decida, pero el posicionamiento político no debe ser automático. Tenemos derecho a tener una respuesta personal".
El automatismo es, de hecho, lo que está matando a una parte de la izquierda porque, de tanto solventar los problemas y los cambios sociales con eslóganes prefijados, se acaba alejando drásticamente de la realidad. Por eso les causa perplejidad que haya fenómenos como el del aumento de la religiosidad entre los más jóvenes. Lo que pude oírle a aquella espectadora a la salida del cine es, de hecho, lo mismo que piensa la actriz cómica Silvia Abril, y así lo dijo en la propia gala de los Goya: "Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa tirada hacia lo cristiano… Iba a decir lo místico, pero no es lo místico… Me da pena que necesiten creer en algo y que se agarren a la fe cristiana. Lo siento por la Iglesia, ¡vaya chiringuito tenéis montado! Se acabó, se acabó". Es muy probable que esta mujer no entienda jamás la naturaleza de esos cambios sociales porque su análisis ya estaba determinado por su propio contexto. Es un pensamiento binario, bueno/malo, progre/facha, que actúa como una embutidora. No entenderán, jamás, cual es el fondo del problema porque luchan o combaten contra sombras del pasado, de su pasado o del pasado heredado por una izquierda diletante que se recrea con sus debates de salón. La historia que se cuenta en la película ‘Los Domingos’ es una historia real, que no le sucede a la inmensa mayoría de los jóvenes, pero que sí ofrece una interesante muestra de algunos de los grandes problemas sociales de este siglo XXI: Son como paradojas sociales de cambios inesperados, como el aumento de un sentimiento de soledad en la época en la que el mundo está más conectado. La angustia o el estrés de las redes sociales o la desubicación por el impacto mental de la realidad virtual, cada vez más presente en nuestras vidas. En esa realidad desbordante, desapegada muchas veces de sentimientos humanos elementales, hay miles de jóvenes en todo el mundo que encuentran la serenidad, la felicidad, con sólo visitar una Iglesia. Descubren una sensación que nunca habían experimentado, de paz interior, y ya no se apartan de ahí. Unos, los menos, querrán dedicar su vida a la Iglesia, como la protagonista de película, y otros, los más, se convierten en personas de fe. Van a misa y poco les va a importar que los demás pensemos que es algo anticuado y mojigato, porque para ellos es revolucionario y sanador.
La historia que se cuenta puede ser idéntica a la de miles de personas en todo el mundo. En redes sociales, por ejemplo, se pueden encontrar muchos testimonios de una monja de Bilbao, la madre Olga María, que cuenta cosas que parecen haber inspirado a la protagonista de la película. Nació en 1970, en el seno de una familia trabajadora, y se recuerda como "una adolescente soñadora, romántica e idealista, que devoraba la poesía de Machado, Lorca, Miguel Hernández, Dámaso Alonso, Jorge Guillén…" Pero ni la poesía ni la música clásica ni los amigos saciaban su ansiedad. "Todo me cansaba y deseaba algo que no se acabase, que fuese para siempre. Me daba miedo enamorarme de alguien y que pudiera acabarse. Tenía que haber algo que no se acabase, hasta que entendí que el único que no me iba a fallar nunca ni se iba a ir era Jesús". Como la familia no entendía que quisiera meterse en un convento, esperó a cumplir los 18 años y, al día siguiente, se fue con las monjas. Una historia muy parecida, en las sensaciones, no en la vocación conventual, es la que cuenta Ana Iris Simón, una mujer espléndida, escritora y analista en varios medios. También ella, que está casada y es madre de dos hijos, suele contar también que desde niña se sentía atraída por la Iglesia, que era allí donde encontraba la paz que buscaba. Es muy llamativo porque la familia de Ana Iris era "atea militante", salvo una de sus abuelas que sí era creyente y le regalaba escapularios que ella guardaba. "El cristianismo te propone locuras: perdonar, amar al pecador odiando al pecado…" Comenzó a conocer la vida de pequeñas comunidades cristianas, que no buscan ni piden ningún reconocimiento por ayudar a los más pobres de la sociedad, excluidos, marginados. "Dan su vida por el otro y encima están contentos", se dijo y, al instante, concluyó: Su frase: "yo quiero ser así algún día: quiero lo que ellos tienen". En la Iglesia encontró el ideal de vida que buscaba, el que le proporciona lo que todos buscamos en este mundo, vivir ilusionados, estar en paz con nosotros mismos. Plenitud. Despreciar, o burlarse, de esa conexión con la divinidad, que tiene dos mil años de antecedentes, es un desatino considerable. Pero hay que entenderlo, todo eso no cabe en una chapita.
[Al escribirlo, no sabía si el concepto ‘ateísmo kitsch’ existía, si tenía antecedentes literarios o ensayísticos. He buscado por la enciclopedia universal de internet y nada. Así que, como no aparecía, he preguntado a la Inteligencia Artificial y esta es la definición que ofrece: "El término 'ateísmo kitsch' no se refiere a una doctrina formal, sino a una crítica estética y cultural que describe ciertas formas del ateísmo contemporáneo, el nuevo ateísmo o el humanismo laico, adoptando características propias del kitsch (cursilería, sentimentalismo, simplificación, producción en masa o superficialidad)". Pues eso. Aceptado.]
