Artículo del buen amor
21 de marzo 2026 - 05:30
TENGO una amiga que afirma con contundencia tridentina que San Valentín no es el patrón de los enamorados, sino de los novios cristianos que quieren unirse en santo sacramento. Estaríamos, pues, ante un nuevo caso de apropiacionismo capitalista en el que una festividad religiosa es aprovechada para una orgía consumista. Con el fin esquivar tal exceso, yo me atrevería a afirmar que el verdadero día de los enamorados, o mejor aún, del amor, fue ayer, 20 de marzo, jornada de la proclamación de la primavera, cuando a las 15:46 volvieron victoriosas las banderas de Perséfone.
Ayer fue el día de todos los enamorados del hemisferio norte, de los que tañen la lira del Rey Salomón o leen devotos el Kama-sutra. La primavera, con sus violencias y urgencias, nos convoca a todos a reencontrarnos en esa llama doble que es el amor. Doble en el doble sentido de la palabra, pues como subrayó el Papa Ratzinger en su encíclica Deus Caritas Est, el amor humano es un camino hacia el amor divino. Ya lo sabíamos por San Juan de la Cruz, pero los argumentos de la tiara siempre tienen su peso ante Dios y los hombres.
Vivimos en una época que desprecia el amor. Nos quieren convencer de que es un mero espejismo del heteropatriarcado, una forma de dominación. Incluso deforman su curvilíneo significante con el prefijo poli para pregonar una suerte de colectivismo amatorio, una utopía sentimental que, como todas, suele acabar en naufragio. El amor, como las orgías, requiere orden y organización, no vaya a ser que uno acabe herido por las flechas que no le corresponden. Amar duele, cantaba Falete y, sin embargo, todos sabemos que una vida que no ha conocido las dulzuras y cursilerías del amor no merece la pena. Porque el amor de verdad es relamido y altisonante, pringoso como un caramelo chupado, aunque todos renunciaríamos a las riquezas y vanidades del mundo por haber probado una sola de las moléculas de azúcar que caen del perpetuo banquete de Eros.
El hombre es el mono que se enamora. En estos días de primavera, miles de pechos juveniles estallarán en flores. Los amantes reconocerán la llamada sin que nadie se la explique, y los que ya hemos convertido el amor en una plácida costumbre, en unos cómodos zapatos viejos a los que no renunciaríamos por ningún modelo nuevo y deslumbrante, podremos contemplar el espectáculo entre irónicos y nostálgicos, sin olvidar nunca aquel verso de Luis Alberto: “Sé mi zorra, que yo seré tu cuervo”.
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