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"Abandonar a miles de ciudadanos con una aplicación instalada y ni una sola rueda que desbloquear es una forma de desprecio"

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16.03.2026

Ahí están. Filas de hierro, esqueletos inertes que ayer sostenían algo vivo y hoy exponen la cruda desnudez. Es el mobiliario del absurdo: un cementerio de enchufes para una flota fantasma. Basta caminar por Carlos III, delante del Teatro Gayarre, la Escuela de Idiomas o la avenida Pío XII, por ejemplo, para entender la escala del vacío. Lo que antes era un guiño al movimiento, hoy son ¿esculturas?, de modernidad incomprendida que solo sirven para tropezar.

Abandonar a miles de ciudadanos con una aplicación instalada y ni una sola rueda que desbloquear es una forma de desprecio. Es la versión municipal de quitarte el móvil y regalarte, por consuelo, el cable del cargador colgando de la pared. El Ayuntamiento habla de diferencias con el adjudicatario, de contratos que fueron 'partos de nalgas'. Pero la realidad es un hachazo. Antes había bicicletas; ahora no hay nada. Se ha creado una necesidad para luego amputarla sin anestesia

A un gobierno local se le elige para que las farolas den luz y las bicis rueden al pasar la tarjeta. Está bien que el Consistorio redacte mociones de condena por situaciones inhumanas en rincones remotos; la defensa de los derechos humanos es un alma imprescindible. Pero la gestión de los servicios es el cuerpo de la ciudad. Y un cuerpo que no puede desplazarse termina por atrofiarse.

Cuando el sistema cae, aparece la asimetría de la paciencia. El contribuyente vive bajo un cronómetro de precisión: la administración tiene plazos de hierro y, si uno se retrasa un día, activa su maquinaria con frialdad de robot. Para cobrar, el ayuntamiento es un guepardo; para devolver el saldo de los monederos virtuales, una tortuga. Es asombrosa la elasticidad del tiempo público: quirúrgicos para succionar el dinero; lentos para reintegrarlo. El contrato social debería ser un espejo: si el consistorio cobra con celeridad, que lo devuelva con idéntica velocidad.

El drama no es ficticio. Es el trayecto al trabajo, la rutina rota de miles de pamploneses que integraron el pedal en su vida. Ante este vacío, no basta con criticar a quien contrató el plan anterior ni con rescatar viejos proyectos de comarcalización que nos condenan a meses de espera. Son urgentes fórmulas de adjudicación temporal. Contratos de emergencia. Algo. Cualquier cosa que no sea este silencio de metal.


© Diario de Navarra