Tatuajes
De niño, rara vez veía a alguien tatuado. Ni siquiera cuando los bañistas exhibían sus cuerpos −poco serranos, la verdad− en las playas durante el verano. La única tinta en contacto con la piel era la de las páginas de deportes de los periódicos que leían algunos padres de familia, sentados en sus hamacas. Mientras, sus hijos pequeños chapoteaban en la orilla, libres de toda atadura, salvo el proverbial ‘corte de digestión’, el gran monstruo invisible que, por aquel entonces, fastidiaba los veranos a los niños.
Por tanto, los tatuajes eran casi pura ficción. Por más que observaras en la arena hectáreas enteras de piel ajena, no encontrabas más que pecas y lunares. Eran años de pertinaz −y feliz− sequía de tinta sobre la epidermis, poco dada en aquella época a experimentos gráficos de dudoso gusto; el tatuaje era extremadamente marginal. Solo unos pocos se atrevían: marineros, exconvictos, soldados de fortuna, obreros portuarios, bohemios y artistas contraculturales. Los dibujos en los cuerpos de estos últimos no eran sino símbolo de rebeldía.
De los escasos tatuajes que vería, años después, de joven, hubo uno que se me quedó grabado. Trabajaba entonces en un bingo próximo al puerto de Valencia. De entre su habitual feligresía ludópata, había un estibador portuario que,........





















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