La trituradora
21 de marzo 2026 - 03:08
Se recrudecen las recriminaciones cruzadas entre los ex de Vox y los de Vox en activo. A ambos lados de la refriega tengo amigos y amigos íntimos. En honor de unos y de otros, ninguno me ha azuzado contra sus sobrevenidos rivales. Amistades aparte, les agradezco que hayan entregado –con más o menos acierto– su tiempo, su trabajo y su talento por unas ideas a contracorriente. Yo me resisto a renegar de la admiración que tuve. Me rijo por el principio de irretroactividad del enfado y de la decepción.
Otra cosa es la prudencia. ¿Nadie piensa en la factura electoral que todo esto puede pasar a un proyecto que defiende principios y medidas que casi un 20% de los españoles consideran muy importantes? La nación arrostra graves problemas encadenados –nacionalismos, descontrol migratorio, inseguridad, precariedad juvenil, falta de vivienda, desindustrialización, agricultura asfixiada, hundimiento demográfico…– que exigen respuestas. El jaleo, como poco, distrae (cuando no mina). Cabe sospechar un interés espurio en poner lupas y altavoces para debilitar al partido y al liderazgo que lo ha hecho crecer.
Hay otro mal a medio plazo. La política española se ha convertido en una trituradora de prestigios personales. Por no decir de personas. Se sale de ella (y, antes o después, se sale) mal, dejándose en la gatera pelos, ilusiones, amistades y ambiciones (legítimas). Los que se quedan aguantan los golpes del rival (unos directos, otros bajos), los resentimientos del examigo (unos inevitables, otros evitables) y la calumnia de quita y pon. Así, ¿qué personas formadas y sólidas van a querer pasar por un calvario –ellos y sus familias– para hacer algo por su país?
Cuando, además, resulta dificilísimo hacer algo. La dinámica empuja a la inmovilidad. Entre el fuego amigo y el hielo enemigo, no hay margen para mucho. Una ingente energía se va en sobrevivir a las campañas electorales y a las mediáticas que se suceden y se solapan sin solución de continuidad.
Este panorama debería despertarnos más empatía hacia los políticos afines, contrarios y exafines. Porque su entrega la mereció o la merece, pero también por interés: para que otros estén dispuestos. Ahora duele ver lo regular que salen y lo regular que se quedan. Y, además, desmoraliza. ¿Quién se va a meter en esta melé, y para qué?
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