El algoritmo y los periodistas (y Yoko Ono)
[El autor ha participado en la mesa “Libertad de bulo y libertad de prensa” en el marco de las I Jornadas Internacionales ‘Ideas para combatir el odio’, que ha organizado la Fundación Contexto y Acción en Zaragoza los días 22 y 23 de enero. Este artículo resume las tesis principales de su intervención.]
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Ustedes y yo estamos realizando una actividad cada vez más marginal. Que alguien –es este caso yo– escriba en un medio para que alguien –ustedes, si son más de uno– lo lea lleva camino de convertirse en un uso tan residual como llevar sombrero o vestir capa española/mantón de Manila. Lo sabemos todos, y pueden comprobarlo en un sinfín de informes, empezando por el del Reuters Institute-University of Oxford. Baja –más bien se precipita– el porcentaje de personas que se informan en medios no ya impresos, sino también en los escritos. Incluso las redes sociales “de leer” (X et altrii) se ven desplazadas como fuente de información por las de “ver” (YouTube, Instagram o TitTok).
Es decir, una parte cada vez mayor de personas considera que se informa mediante las opiniones de alguien cuyo mérito (no menor, desde luego) es que tiene cantidades ingentes de seguidores. Incluso el Gobierno de España, en su proyecto de regular el secreto profesional de los periodistas, no solo no se para en especificar quién es periodista, sino que ha contemplado que puedan acogerse a él los influencers (es decir, personas que en general han pasado de comentar videojuegos a sentar cátedra sobre política nacional e internacional o lo que sea).
Como ya pasó en su día en la información televisiva, la emoción triunfa sobre la argumentación. Hasta el punto de que los jóvenes –a pesar de ser la generación más preparada de la historia– son los que tienen mayores dificultades para comprender las noticias escritas. Y asimismo sabemos, a veces por experiencia propia, que las bajas pasiones son mucho más fáciles de estimular y de mover a........
