Vulnerabilidad y extrañeza compartida
La muerte de Martin Parr, ocurrida el 6 de diciembre de 2025 en su casa de Bristol a los 73 años, marca el final de una de las miradas más incisivas y reconocibles de la fotografía contemporánea. Pocos artistas lograron, como él, que la vida ordinaria –las playas abarrotadas, los buffets fluorescentes, los turistas sudorosos, los gestos triviales– se transformara en un archivo social de extraordinario alcance. Lo suyo no fue documentar la épica, sino la textura de lo común. Su obra, que comenzó en los años setenta y se expandió durante medio siglo, ha sido una de las más influyentes en la redefinición de la fotografía documental y su relación con la cultura de masas, la identidad británica y las derivas del capitalismo tardío.
Nacido en Epsom (Surrey) en 1952, Parr encontró la fotografía de la mano de su abuelo, aficionado y miembro de la Royal Photographic Society. Ese origen doméstico –salidas a fotografiar, cajas de negativos, la fascinación de ver aparecer una imagen en el cuarto oscuro– marcó su relación con el medio: cercana, sin solemnidades, pegada al terreno. Entre 1970 y 1973 estudió fotografía en el Politécnico de Mánchester, donde se empapó de la tradición documental británica, todavía dominada por el blanco y negro y por un cierto espíritu humanista. Sus primeras series responden a ese canon, pero ya entonces había algo distinto en su mirada: un gusto por el detalle insignificante, una inclinación hacia los gestos más que hacia los grandes relatos.
Cuando el color estaba asociado a lo comercial o lo frívolo, Parr lo reivindicó como un instrumento crítico
El punto de inflexión llegó en los años ochenta. Parr abandonó el blanco y negro para abrazar el color con una radicalidad que descolocó a muchos. El uso del flash directo, la saturación casi estridente, los encuadres que rozaban el absurdo o la........
