El Papa y Canarias ante el drama migratorio
Migrar no es un delito. Dar la espalda a quien lo hace por una necesidad acuciante es sinónimo de indiferencia hacia la dignidad humana. Este fenómeno es la respuesta no deseada ante situaciones extremas como la crisis climática, las guerras y el hambre, que empujan a quienes las sufren a dejar atrás su tierra de origen, con el horizonte puesto en otro lugar que les brinde las oportunidades que jamás han tenido. En el camino, muchos de esos migrantes mueren y sus cuerpos son abandonados, sin que nadie los entierre ni rece por su alma; otros sufren violaciones, secuestros por redes dedicadas a las tratas de blancas o son forzados a integrar milicias que alimentan numerosos conflictos bélicos en el norte y centro de África. Por no quedar, ni siquiera quedan sus huellas sobre la tierra y el polvo por donde transitaron en su éxodo, mezcla de esperanza y muerte.
La reciente visita del papa León XIV a Canarias tuvo como epicentro su denuncia pública hacia la situación que afecta a miles personas procedentes de países como Senegal, Gambia y Marruecos, entre otros, que se desplazan obligatoriamente desde África Occidental a través de la conocida como ruta atlántica o ruta de Canarias, y que ha generado una crisis migratoria sin precedentes.
Seamos creyentes o no, lo cierto es que hay que aplaudir que dicha autoridad religiosa alzase su voz contra las mafias que trafican con quienes sobreviven a base de dejar su tierra, destacando la ayuda y la solidaridad que reciben de la sociedad canaria a su llegada a nuestras islas en condiciones extremas. No obstante, este señalamiento choca abiertamente con el discurso que, precisamente, enarbola parte de esa misma sociedad, de claro componente racista y xenófobo, procedente tanto de ciertas formaciones políticas como de determinados medios de comunicación y, de manera más preocupante, de........
